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COTIDIANOS

ASÍ HASTA YO VOY…

ASÍ HASTA YO VOY…

   Las estrellas del juego.

 

   Venezuela es un país extraño, y no lo tomen como esas cosas tontas que dicen los necios de su país, no, es una realidad que debe ser tomada en cuenta a la hora de hacer cualquier balance o plantear la solución de un problema: todo lo hacemos a las patadas. Esperamos hasta el último momento para correr  a realizar lo que se debió hacer durante días o semanas, y generalmente nos conformamos con lo que salga. Es por eso, por hacer las cosas así, que no entiendo por qué no somos buenos en fútbol. Sí, la VINOTINTO ha ido mejorando y subiendo en el ranking, pero va como entierro de pueblo, un paso para adelante y dos para atrás. No sé si será únicamente en los momentos cuando los veo, pero siempre pierden, y no es divertido. Recuerdo que en un resiente juego con Haití, ya se contaban esos puntos ganados cuando se derrotara a la ‘débil’ oncena (así decían); y nos empataron, de broma no ganan. Pero no es sólo eso, nadie mira el fútbol nacional, esas canchas dan dolor, sólo están la familia y los amigos; y las transmisiones de radio o TV son muy localizadas.

 

   A todos nos encanta el Mundial, o la Eurocopa, tal vez por la competencia entre clubes y países distintos que parece una pequeña representación de confrontaciones bélicas; pero no nos gusta verlo aquí. Únicamente se llenan cuando hay un amistoso serio, como contra Paraguay o Colombia, por no hablar de Brasil y Argentina, cuando la gente va para ver a los brasileños y argentinos, creo que de broma no les aplauden. Tal vez sólo sea la impresión del burro que le da la razón al italiano (un día les diré de dónde viene esto), pero cuando uno mira a Italia contra España, con su control del juego, y luego ve un Caracas Mérida, le parece que estos como que sólo lanzan el balón a tontas y locas a ver si la meten. Y a mi modo de ver, eso los limita. La gente no va porque le parece que la técnica y la calidad son bajas, y este no mejora porque no hay estímulos, nadie está pendiente de ellos. Preguntado sobre el qué haría yo para solucionar eso, lo expuse, ganándose risas de unos, y miradas de reproche de otros. No entiendo por qué la gente pregunta algo si no le gusta lo que otro puede decir.

 

   ¿Qué haría yo? Debo aclarar que tengo una mente mercantilista, casi mercenaria, muy a propósito para estos tiempos, pero… me falta capital. Siempre he pensando en abrir una pequeña, corrupta, degenerada y viciosa tiendita… no atendida por mí, claro está (y no, nada de drogas). Bien, el fútbol… yo lo convertiría en algo de adultos y primeras juventudes, de los diecisiete en adelante, olvidándome de los muchachos. Que cada juego sea comenzado bien entrada la tarde, con dos bandas de bellas chicas como las de arriba, bailando y saltando con sus pompones antes del juego. En el medio tiempo, cuando sea de noche, que salgan nuevamente pero que ahora se ‘enfrenten’ en una batalla, nada serio, de chicas bellas dándose pomposazos; que la cosa varíe, que a veces ganen unas, luego las otras, que unas corran y las otras las persigan. Ya entienden, una representación de esa escena casi fetichista que nos enloquece a los hombres: luchas de gatitas, ligeras de ropas y dándose con algo.

 

   Mis amigas saltaron como tigras haladas por el rabo, y me dijeron que eso era injusto y todo eso (hablaron de dignidad y de cosas así que no entendí). Les dije que bien, que entiendo y anoto: que cuando las chicas luchen, salgan unos pocos tipos de esos jóvenes mazacotudos en franelitas y shorts cortos como de ciclistas, blancos parece que tienen que ser según me dicen, más fetichismo en ropas (con los que yo jamás saldría ni a un balcón) a separarlas y estas les rasguen las franelas. No pueden ser más de cuatro tipos, sólo algo para la vista de féminas, pero si son un número mayor incomodan a los hombres que se verían obligados, para mostrar masculinidad, a estar inconforme aunque muchos también se queden mirándolos, o deseen mirarlos. Como imaginaran, no es cosa para muchachos, pero tampoco estoy hablo de relajo o sexo explicito. Sólo de una rápida represtación que anime a la gente en las gradas, y a asistir a los juegos aunque sólo sea para ver “qué pasa hoy”, al menos hasta que se acostumbren a ver los juegos, tengan sus favoritos y decidan seguirlos, como pasa con el béisbol. Me dicen que así los niños no podrían asistir. Bien, hablando estrictamente como negociante, ¿eso qué importa? Esos no gastan ni consumen, son sus padres. Su ausencia lo compensamos vendiendo más cervezas y fotos de las chicas o de los tipos (hay tanta variedad de gente en este mundo). Incluso, esto creará en los muchachos de trece y catorce cierta fiebre por tener la edad para ‘ir a ver el juego’. Y tal vez con las canchas llenas, esos zafios se decidan a jugar mejor, al menos para impresionar a los que vayan o por el miedo a que pitas muy seguidas los saquen del equipo.

 

   Bueno, como muchas de las cosas que digo o propongo esto es mitad  broma mitad en serio. No con la crudeza  simplista descrita aquí, pero creo que al menos en vivo y en directo en las canchas, algo se puede hacer para interesar a la gente. Por cierto, yo jamás voy a ver los juegos, y si los sintonizo por televisión es para dormirme.

 

Julio César.

EL DESQUITE

EL  DESQUITE

   Morirán mientras duermen…

 

  No hace mucho tiempo mi padre sufrió un infarto. Fue algo severo que casi nos lo arrebata en una tarde desesperante y una fea noche. Sobrevivió y quedó bien curado, diría yo, por lo que pasó a las pocas semanas. Está tan laborioso, terco y malcriado como siempre. Desde ese percance no lo hemos dejado trabajar más. Casi lo obligamos a retirarse. No necesitaba continuar haciéndolo, pero siendo como es, de quien siente que si son las seis de la mañana y todavía está en la cama hace algo malo (que manía de la gente despertar temprano cuando no tienen nada que hacer, ni que fueran a recoger agua clara al río), no se conformó. Debimos consentir en que volviera a conducir y en que se dedicara a un proyecto personal: levantar un gallinero en su patio. No, no está senil, vive en una casa de campo y tienen mucho terreno. Su idea era tener gallinas ponedoras, y con el tiempo sacar camadas de pollos y auto alimentar su empresa. Pensaba vender huevos, y más tarde pollos y gallinas mientras iban levantándose las subsiguientes generaciones, reponiendo a las ponedoras.

 

   Le iba bien. Nos obligó a ayudarlo a aplanar un terreno, debía hacerse, aparentemente uno que estuviera ya plano no servía. Luego se hicieron hoyos, se sembraron vigas metálicas y se levantaron las jaulas con mallas metálicas. Ah, qué días, todavía tengo raspaduras de ellos. Afortunadamente nadie agarró tétano. En fin, llenó su gallinero. Una mañana, era un sábado, estaba yo en su casa con otros tres hermanos, tomando café y hablando tonterías con nuestra madre, cuando lo vimos llegar sudado, lívido, temblando de rabia. Se veía mal. Todos recordamos su corazón recientemente lesionado. Lo vimos entrar como un loco a su dormitorio y salir con una escopeta en las manos. ¡Iba a matar al perro!

 

   Este perro, Canelo, como lo llamábamos, merece su propia historia. Baste con decir que era… malintencionado. Tanto así que ya llevaba como quince años de vida, cuando se supone que los perros, sobretodo los que no eran bien cuidado, no vivían tanto. Creo que lo hacia sólo para molestar. Pues bien, cuando papá iba a revisar el gallinero esa mañana, comprobando que tuviera agua y comida, el perro, meneando la cola, fue tras él. Cuando llegó, casi le da una vaina. La puerta de la jaula estaba forzada y las treinta y cinco gallinitas que tenía estaban muertas. Fue cuando reparó en las peladuras en el lomo del perro y la sangre en el hocico. En verdad nadie miraba mucho ya a Canelo, era una pesada carga. Según papá, se quedó viendo al perro y el perro a él, hasta que salió corriendo. El perro, no mi papá. Aunque también él corrió, a buscar la escopeta. ¡Qué arrechera tenía! ¡Cómo costó quitarle la escopeta!, todos lo llamábamos a la calma, a que se tranquilizara, que si le pasaba algo, como un accidente cerebro vascular, nada iba a ganar y el perro hasta se iba a reír. Mi hermana, la mayor de las hembras, tuvo que hablarle golpeado y fuerte, para que se tranquilizara. Mamá le dio sus pastillas para la tensión y casi lo obligamos a recostarse.

 

   La verdad es que el perro supo hacerlo. No había dejado pollita con vida. Lo extraño es que fuera de las heridas de mordidas y demás, no pareció comerse a ninguna. Estaban las treinta y tantas. Una vez recogido el desastre, el perro reducido, atado y con bozal (no fue fácil, por lo menos yo le tenía algo de miedo desde hace tiempo, pero es otra historia), nos sentamos a comentar el incidente. ¿Acaso fue aquella la venganza del can? Canelo había sido el perro familiar hasta que papá, molesto porque se ensuciaba cerca de la entrada del gallinero, al que le daba demasiadas vueltas, decidió enviárselo a mi hermana, que no vive lejos de allí (y quien tampoco lo quería, pero ese es otro cuento). Allí estaba, amarrado, hasta que apareció esa mañana por ahí. Se había escapado. Pero lo que me hace sonreír todavía, fue el recuerdo temprano de esa mañana, cuando papá salió de la casa y lo vio allí le preguntó: Canelo, ¿qué haces aquí? Y comenzó a bajar al gallinero. El perro iba meneándole la cola a su lado, yo creo que como diciendo: ya vas a ver lo que hice…

 

Julio César.