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VAQUEROS ENAMORADOS

ADIÓS

ADIÓS

     Al fin la paz…

……

 

   Esta es una historia publicada el cuatro de mayo del dos mil seis, no sé bien si en el blog EL PUTO JACK TWIST, o en A RAS DEL SUELO, o en UN ANGEL. No estoy seguro. Sólo sé que fue increíblemente buena. Curiosamente, mientras lo releía y lo medio adaptaba a la forma en que veo el mundo (y que me perdone el autor de tan maravillosa historia), me fui encariñando con Ennis del Mar, un tipo al que nunca le he tenido mucha paciencia. Sin embargo, el cuento, me hizo verlo bajo una luz nueva. Y vamos a estar claros, los que vimos la película y nos enamoramos de Jack Twist, debemos entender que para este tipo debió ser el infierno conocerlo, tenerlo, amarlo y perderlo. Por ello me costó incluirlo aquí, perder a Ennis también duele; realmente pensar en eso, me llenó de nostalgia y tristeza. En fin, aquí va el relato; a propósito, en un comentario enviado por el cuento, alguien también hizo una bonita aportación que incluyo aquí.

 

   ENNIS DEL MAR HA MUERTO

 

   Cuando abrí los ojos no sabía lo que había ocurrido, o que hubiera ocurrido algo, simplemente me sentía diferente. Mejor que siempre, mucho mejor a decir verdad: podía erguir la espalda, la pierna dejó de molestarme, la mirada estaba mejor enfocada y sentía la mente despejada, clara, como hacía mucho tiempo que no la tenía. Mi boca estaba limpia, sin el agrio regusto a cerveza o vomito de la noche anterior. Intenté concentrarme porque todo me parecía extraño, no era como despertar de un sueño de repente, o soñar que se está despierto. Ahí estaba yo, de pie, erguido, vestido y mirando al suelo, pero sin saber cómo había hecho todo eso. ¿Desperté en medio de la noche mientras dormía?

 

   Lo más curioso es que llevaba mi viejo y apolillado sombrero calado en la frente, uno que tenía años de años sin ponerme. De hecho… creía haberlo perdido, porque la última vez que lo usé sobre mi cabeza, de cierto y lo recuerdo bien, el frío y poderoso viento del Oeste barría unas montañas altas, y alguien, de voz riente, había gritado que tuviera cuidado que el sombrero se me iba. ¡Magia! El sombrero había regresado por arte de magia, y yo creo en ella; en esas montañas hubo un ser de esos, mágico, que hizo de ellas y de mi vida, por un tiempo, un Paraíso en la tierra…

 

   “¿De dónde saliste, viejo sombrero?”, me pregunté, quitándomelo de la cabeza y sosteniéndolo contra mi pecho. Por alguna razón mi corazón latía con más fuerza, y eso fue antes de darme cuenta finalmente de la camisa que llevaba puesta. Allí estaban esas conocidas manchas secas, oscuras, de sangre. A mis ojos volvieron las viejas y familiares sensaciones, era como si alguien hubiera dejado caer vinagre en cada una de mis pupilas. Las lágrimas acudieron, como siempre, como años atrás, cuando ella me dijo por teléfono… (¡y aún no cumplía cuarenta años!). El mundo perdió firmeza, volviéndose borroso a mi alrededor, cubierto por ese llanto que volvía con la misma fuerza de siempre, como si el dolor fuera nuevo, como si el dolor acabara de llegar y no pensara marcharse jamás: murió… murió en un estúpido accidente.

 

   Estuve un rato así, cubriéndome el rostro con las manos intentando contener todo aquel llanto. ¿Fue un accidente realmente? ¿Sólo eso, amigo mío? ¿O te vigilaban? ¿Sabían ellos de ti, ojos azueles, y te despreciaban demasiado? ¿Te golpeó una palanca en un tonto accidente? ¿O te siguieron a través del campo, con risas, con odio, hacia una cañada, siempre hacia la maldita cañada? ¿Pensaste en mí en ese momento? ¿Sonreías todavía, como siempre hiciste, aún cuando sufrías? No, no debía seguir así, ¿por qué me hacía esto? ¿Por qué me torturaba así? ¿Hasta cuándo duraría esto? Pero no había respuestas. Nunca las había para mí.

 

   Al fin me serené un poco y recorrí todo dentro del trailer con mis nuevos y nítidos ojos. Joder, parecía que llevaba años deshabitado. Nadie se había molestado en sacudir todo el polvo y la arena que el viento del desierto colaba a través de cada rendija. Para colmo de males, la ventanilla de la cocinita estaba abierta de par en par y la arena entraba a mares a través de las cortinas que revoloteaban. Poco a poco la arena lo cubría todo, el suelo, los rincones, los muebles, la cama…

 

   “La cama… ¡Santo Dios!”

 

   Bajo aquella colcha de cuadros, vieja, había un bulto cubierto hasta el cuello, un cuerpo humano con el aspecto delgado y despatarrado de un muñeco roto y abandonado. ¡Soy yo! Si, estaba convencido, pero no sentí tristeza, ni pena, sólo… desconcierto y sorpresa, mucho más de lo que había sentido en los últimos años. Sin duda estaba muerto, la piel tenía un color extraño y parecía haberse encogido en torno a las mandíbulas, mostrando los pocos dientes que me quedaban. Por si aún quedara alguna duda por desvanecer, una mosca grande, azulada, voló irrespetuosamente y se posó en mis labios abiertos, luego sobre mi afilada nariz, donde comenzó a frotarse las patas, divertida, sin que aquel Ennis del Mar hiciera el menor gesto por quitársela de encima.

 

   “No hay duda, estoy bien muerto”, me dije sin pasión, sin interés; sin embargo, una poderosa oleada de autocompasión se hizo presente, de forma avasalladora. Allí estaba yo, muerto, solo y abandonado a merced de los insectos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, así? ¿Es qué nadie me había echado de menos en la taberna o en el viejo rancho? ¿Ni siquiera mi hija Alma? ¿Se iba a convertir el maldito trailer en mi gran ataúd metálico por los siglos de los siglos? Y de pronto sentí miedo, ¿y si debía quedarme allí, mirándome abandonado para siempre en ese trailer cerrado… como un castigo? Porque así había vivido mi vida durante las últimas décadas. Solo, siempre solo, sin que me importara nadie más, encerrado en mí mismo con la única compañía de mis recuerdos, unos pocos alegres, muchos no. Viví encerrado dentro de mi dolor, mi tristeza, mis nostalgias por todo el tiempo que perdí durante los mejores veinte años de mi vida. Mi Dios, ¿esta sería mi penitencia por haberme alejado de todos, aún de mi pequeña Alma y de Francine? ¿O era mi castigo por haberlo amado tanto a él, por haberme muerto con él ese día en ese camino?

 

   “Que final tan triste, Ennis del Mar. Ni siquiera al final supiste morir con algo de dignidad. Dejaste que toda tu vida pasara y no enmendaste tus errores. No supiste buscarlo y decirle que lo amabas. No te disculpaste con Alma, la que fue tu mujer. No les dijiste a tus hijas cuánto las querías, aunque no pudiste amarlas más o ser un buen abuelo, o uno más feliz, porque estabas triste porque él murió un día en un camino, y estaba solo cuando pasó. No le dije a mi gente que no pude vivir, que no tenía fuerzas para seguir, porque sólo podía llorar al que se fue. Se te fue la vida y no hiciste nada por pactar con el dolor, con la soledad, con la vida. Pudiste seguir queriéndolo, llamándolo cada noche, mojando con tu llanto de viejo tonto y ridículo tu almohada, agradeciéndole a su recuerdo el materializarse como una sombra en los rincones, pero también disfrutar de tu familia, de tus nietos. Pero ahora es tarde”.

 

   Esta vez no lloré como un momento antes, tan sólo volví a cerrar los ojos y me pregunte: “¿ahora qué? ¿Debo sentarme y ver pasar la eternidad? ¿Es mi castigo, Dios, por todo lo que lo quise? ¿Ahora debo pagar todavía más por aquel pecado infame? Sí es así, perdóname, Señor, pero tampoco Tú me la hiciste nunca fácil. ¿Puedo pensar en los tiempos felices a su lado, Señor? ¿Me quedarán esos recuerdos por lo menos?”

 

   Descubrí, en ese instante, que el tiempo no transcurre igual cuando uno está muerto, porque aunque me había parecido sólo un parpadeo, de pronto la mortecina luz que entraba por el ventanal había desaparecido. Todo estaba a oscuras, había anochecido. Me pareció mejor, la cruda realidad se difuminaba en sombras difíciles de reconocer, y una suave luz plateada que supuse provenía de la Luna hacía parecer todo más hermoso.

 

   -Sal fuera, Ennis del Mar. –me sobresaltó un susurro que venía de mi interior, pero también parecía provenir de todas partes. Por un momento pensé que era mi propia voz, aunque no lo creí del todo, porque el tono era mucho más amable y amigable del que suelo emplear conmigo mismo.

 

   Creí percibir un poco de cariño y afecto en aquellas palabras, como si alguien muy bondadoso comprendiese en toda su extensión mi agonía, y mi temor ante un castigo más allá de mi muerte. Esa voz parecía indicarme que era el momento al fin de curar tantas heridas, de encontrar paz, de descansar. Me fue imposible negarme a obedecer aquella suave orden y casi sin mover los pies llegué hasta la puerta, la abría sin ruido y salí al exterior.

 

   “Ay, Dios, yo conozco este lugar”, pensé. El suave aroma de los pinos y el aire fresco de la noche golpearon mi rostro de una forma tan real que me resultó difícil aceptar que realmente estaba muerto.

 

   -¿Ves la luz, Ennis? Camina hacia la luz.

 

   “Mierda”, pensé. “¿Así que todo es así, como lo describen en los programas de la tele? ¿Algunos recuerdos del pasado, un túnel oscuro y un viaje siguiendo la luz? No, coño, no quiero ir hacia la puta luz. No quiero encontrarme con Dios. ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Pretende que le confiese mis culpas, mis pecados? ¿No los conoce ya? ¿Qué quiere que diga? ¿Qué pida perdón por aquel a quien amé tanto, o que le de las gracias por este amor, o quiere decirme que todo fue sólo mi culpa? Si le pregunto por su muerte, ¿me dirá por qué coño tuvo que irse así, dejándome atrás para llorarlo cada noche? No, no quiero decirle nada. No quiero asistir a mi juicio; no será justo, Dios no fue justo nunca conmigo. Debo alejarme de aquí. Debo alejarme de la maldita luz”. Todo eso lo pensé con miedo, con rabia, con otro temor aleteando en mi mente: “¿y si en la luz están mamá y papá y me preguntaban qué cochinada hice de mi vida?” Hubo un largo silencio.

 

   -Joder, hijo de puta, camina hacia la luz. –rugio una voz, una con un tono nuevo, uno diferente, pero familiar. La verdad y la comprensión por fin estallaron en mi cabeza, y fue como una explosión de luz blanca y pura.

 

   -No… no puede ser… -fue todo lo que pude susurrar.

 

   Con la respiración agitada, busqué. Miré de un lado a otro hasta encontrarlo: un tenue resplandor anaranjado entre las ramas de los árboles. ¡La luz! Y eché a correr hacia ella como un loco, con miedo de estarme engañando, con miedo de que fuera sólo otra ilusión, una prueba más. El corazón lo tenía en la garganta, impidiéndome respirar, palpitando con fuerza, y las lágrimas, otra vez las malditas lágrimas, me corrían a mares por las mejillas, mientras gimoteaba como un niño que sale de un bosque oscuro donde se creía perdido y condenado para siempre y de pronto ve una vereda y al final de ella a una persona amada esperando, llamándolo a la vida nuevamente. La amargura de tantos años, las penas, las noches de desvelo viendo pasar los fantasmas parecían irse diluyendo, quedando atrás, se me olvidaban. Salí a un claro y me detuve en seco, sin aliento.

 

   Vi una tosca construcción tipo un techo sobre cuatro maderos que servían de pilares, donde dos caballos parecían dormitar sobre el heno. Vi una rústica cabaña levantada en medio del claro. Frente a la vivienda había una hoguera que chisporreaba con fuerza. Y allí estaba alguien agachado metiendo leña al fuego, un carajo de espaldas anchas, de camisa azul, con un sombrero tejano. Sentí temblores por todo mi cuerpo porque yo conocía bien aquellos hombros que había tocado a placer, reconocía el lustroso cabello negro que asomaba bajo el sombrero, en una nuca en la que había enterrado mi rostro muchas noches al dormir, en otra vida. Ese sujeto se volvió y vi unos ojos que iluminaron la noche toda y que me miraban con franca sorpresa, con alegría intensa.

 

   -Por fin has legado, Ennis del Mar. Ya tenía el culo helado de tanto esperar por ti, vaquero. –sonrió, poniéndose de pie. Joven como lo fue cuando lo conocí. Magnífico como lo fue siempre en mis recuerdos.

 

   -¡Jack…! Puto Jack Twist… -sólo pude gruñir, corriendo hacia él, con la mirada difusa otra vez, bañando el camino con mis lágrimas.

 

   Lo abracé con fuerza, como jamás creí que podría abrazarlo otra vez. Mis brazos rodearon sus costados, mis manos atraparon su espalda y lo atraje. Nuestras frentes chocaron mientras decíamos mil vainas, y reíamos, y llorábamos. Ahora podía llorar ante él, ya no había miedo, ni al mundo, ni a mí mismo. Enterré mi cara en su hombro, en su cuello, y lloré todavía más, abrazándolo con desesperación, sintiendo su calor, su fuerza. Era el viejo aroma, el aroma que a veces me parecía imaginado y que me esforzaba por recordar. Pero no, era su olor, mis labios podían percibir su sabor. Dios mío, ¡era el Cielo!, ¡estaba en el Cielo! Dios había permitido que llegara, me habían franqueado la entrada. Estaba allí…

 

   Y nuevamente me asusté, porque sentí como Jack se movía y temí que se alejara, pero no, sólo buscaba mi boca con la suya. Boca a cuyo encuentro corrí, hundiéndome en ella, sin aliento, sin fuerzas, pero sintiéndome vivo y poderoso al mismo tiempo; notando mis carnes dura, la piel caliente, las ganas a flor de piel. Y entre besos mordelones, miradas y caricias, choques de frentes, narices y de manos que tocaban, Jack me fue contando su historia, y fui enamorándome todavía más, maravillándome de que tal cosa fuera posible; pero claro, ¡estaba el Cielo…!

 

   Él se había estado preparando desde cierto tiempo atrás para mi llegada, sabía que pronto estaría ahí y quería estar listo. Estuvo dormido, no recordaba más, despertó y encontró ese paraje hermoso. Y algo le dijo que debía construir un hogar. Desde ese día se dedicó a eso, a nuestra casa, una cabaña humilde pero cómoda, con una chimenea y un gran mueble acogedor, al frente. En los estantes de la cocina no había frijoles. Un solo dormitorio fue levantado, con una gran cama, solo una, donde dos personas podían descansar, pero sobretodo buscar compañía, amor y satisfacción. Era una cama donde yo podría dormir abrazado a él durante toda la eternidad, oliéndolo, tocándolo, besándolo, y cada día sería como el anterior, sin cambios, sin sorpresas, sin sobresaltos, quietos en la tierra de no pasa nada, y el Paraíso duraría para siempre. Los dos caballos habían pasado por ahí, y ahí se quedaron, y él les hizo un cobertizo primitivo, con heno, agua y todo. La cabaña estaba cerca de un cristalino y ancho arroyo, que cantarino, se mostraba lleno de truchas. Había árboles y montañas, coyotes y búhos, praderas, flores y cielos azules e inmensos, pero no hacía frío. Esta vez sin frío, por fin un lugar cálido para vivir juntos.

 

   -La espera ha sido larga, vaquero, pero ha valido la pena. –me dijo al final, mirándome con sus ojos grandes, llenos de amor, de picardía, de deseos.- Ven, Ennis, dame esos besos con los que tanto hemos soñado. Tócame como le has pedido al Cielo poder hacer cada noche desde que me fui. Estoy aquí, Ennis, soy yo, tu Jack, el puto Jack Twist…

 

Julio César.

……….

   La historia termina casi con una posdata del autor, y una exhortación final que habla del gran cariño que también él siente por los dos hombres de la historia; aquí la transcribo literalmente: No sé si Dios me fulminará con un rayo divino por esta imagen del Paraíso, porque en este punto en el que acaba el cuento Ennis y Jack están a punto de hacer el amor frente a ese fuego. Pero sí creo que Dios representa precisamente ese Amor, debo creer que todo ocurre de este modo, y que los dos vaqueros al fin juntos se aman por toda una eternidad (o dos, porque tratándose de Amor con mayúscula a veces una eternidad no es suficiente), de manera que… Que Dios los bendiga por siempre…

 

NOTA: Esta adaptación la hice en mi otro blog el año pasado, mucho antes del mal momento de la muerte del chico australiano. Este cuento me gusta, como me gustan CABALGATA, FRONTERAS, ANTES DE LA DESPEDIDA Y UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS, pero ahora me parece más intenso. Debe ser por su partida.

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUES… (2)

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUES… (2)

   Ahora volvemos con una historia sobre Ennis del Mar, a quien habíamos dejado recordando el momento exacto cuando conoció a su nuevo amor, Ed. Para mí, la cosa es hasta anatema. Él no tenía ningún derecho a olvidar a Jack Twist, pero digamos en beneficio de otros, que si; bueno, qué se le hace. Pero esta es sólo una trama marginal.

 

   La historia de esos dos, Ennis y Jack, sí era definitivamente una historia de amor. Supongamos que no el primer encuentro cuando Jack decide mandarlo todo al diablo y aproximarse a ese carajo tosco y hermoso que estaba a su lado, enloqueciéndolo, y se entrega a él, necesitándolo, deseándolo tanto, lleno de ganas porque el otro fuera su hombre. Acordemos que hasta ese momento la cosa había sido carne, lujuria, el deseo de dos jóvenes calientes que deseban sexo, dándose latazos y frotes. Pero una vez que Ennis decide que todo eso, toda esa locura de los sentidos, no volverá a ocurrir porque no es ningún marica y todo eso para él había sido un feo trauma que lo enfrentaba a todo lo que era y deseaba ser, pero obligado por algo más fuerte que él mismo a regresar esa noche a la tienda donde un Jack “con el joven torso desnudo y los ojos llenos de estrellas”, lo espera, y cada uno constata en la mirada del otro la intensidad de lo que sienten, allí la cosa cambia.

 

   Aún el escéptico más grande al respecto no puede encontrar otra explicación como no sea un ataque de pánico y desesperación, la agresión de la que Ennis hace víctima a Jack cuando están a punto de bajar de la montaña. Era la única forma en que ese hombre cerrado en sí mismo podía dejar salir lo que sentía, la rabia, la impotencia y desesperación al ver que la estación terminaba y Jack se iría de su vida y no había forma de detener nada de eso; o como la escena que sigue al enfrentamiento con Alma cuando ella le grita que sabía de todas sus cochinadas con el tal Jack, y sale tan mal que ataca y golpea al tipo del camión, buscando al mismo tiempo ser agredido, tal vez castigado por sus ‘pecados’. Ennis era complejo, amaba a Jack pero no podía permitirse amarlo, por lo que condenaba a todo el mundo a la infelicidad: a Alma, sus hijas, a Jack y hasta la mujer de Jack.

 

   Pero, a pesar del rechazo a los sentimientos y a lo que se es, Ennis del Mar no puede dejar de pensar en Jack Twist, de extrañarlo, de añorarlo, entendiendo que su vida vacía, sin felicidad, sin ternura, era así porque el otro no estaba a su lado. Es por ello la escena del reencuentro, de los besos imprudentes a los pies de unas escaleras, o la ida al motel, o los celos terribles que hacen que Ennis casi amenace de muerte a Jack si sabe que va a México a entregarse a otros hombres. Para mucha gente eso puede parecer ridículo, o idiota. La idea de una necesidad tan grande, de una añoranza por un cuerpo, una boca, unos brazos y unos besos que ni el tiempo ni la distancia pueden apagar, o el que se viva soñando con eso todo el tiempo sin poder sentirse jamás feliz, o tranquilo, puede parecer algo tonto a demasiados. Muchas personas parecen encontrar alivio o una razón de ser en cada encuentro fortuito, en algo rápido e indoloro.

 

   Pero tal vez para otros no sea así, hay quienes aman de tal manera que a veces asustan. Tal vez para algunos no baste con cualquiera, no puede ser este o aquel, sino esa persona en especial, a la que ‘miran’ en cada rincón sin que esté, a veces como una sombra vaga captada por el rabillo del ojo que acelera el corazón y luego lo deja dolido al ver que todo era una ilusión. Tal vez por eso hay personas que sin ninguna razón aparente, ni ningún motivo para rechazar, dicen no. U otros, que en la soledad e intimidad de sus casas, sencillamente deciden que ya no pueden continuar, que ya no pueden soportar un día más en esa forma, y toman resoluciones mortales; y luego todos se preguntan por qué hizo eso. Creo que la cantante mexicana Amanda Miguel, tenía una canción que hablaba de eso: ella no salía con cualquiera, cualquiera no la hacía feliz, ella quería esperar la primavera. Tal vez Ennis del Mar, y el mismo Jack, eran de ese tipo. Me gusta creer que realmente hay personas así…

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUES DE BROKEBACK MOUNTAIN…

   Dime Heath, ¿dónde está tu amigo del alma…?

   Mientras arrancaba la furgoneta, alejándose de la cabaña, Ennis se pregunta por qué tantos recuerdos juntos esa mañana, después de todo sólo una más de tantas que ha tenido durante muchos años. De tarde en tarde recordaba algo del pasado pero nunca todo de golpe. Su mirada, bajo el sombrero, se eleva y mira el firmamento a través del parabrisas, suavizándose un poco.

    “Es por el cielo. Es por este cielo con el color de los ojos de Jack Twist”. Y pensar en él le eriza la piel una vez más. “Jack, si yo hubiera sido un hombre de verdad con el valor para enfrentar mi vida, quizás hubiera sido tu imagen, amable y amada, siempre con esa tristeza suave en tus ojos cuando yo partía, y no la de Ed la que habría visto despidiéndome con un gesto por el espejo retrovisor”, reconoce, sintiendo como el corazón se le encoge en el pecho. Pensar en Jack y en Ed, lo lastimaba, cuestión que siempre ha estado allí, latente. El dolor que había sentido por la muerte de Jack, algo que pensó que lo enloquecería de tanto sufrimiento y que finalmente lo mataría también, por su ida definitiva (nunca como en ese momento entendió lo terrible que era la muerte), se había mitigado un poco con los años y la llegada de Ed, que lo había cubierto con su entrega y cariño, tanto que en determinados momentos podía olvidar la herida, o que Jack alguna vez había estado ahí.

 

   “Pero basta sólo con un cielo azul y claro como el de hoy para que vuelva a ver sus ojos grandes y su sonrisa traviesa, fanfarrona, alegre y hermosa, como lo vi el primer día que le conocí, cuando tuve que bajar la mirada ante su presencia, porque sentí que se me ponía roja la cara, la piel se me erizó y me costaba respirar, y temí que él lo notara. El momento más extraño de mi vida hasta ese instante. Cómo me asusté cuando lo miré”. Ahora una imagen copaba totalmente su mente y sus recuerdos: Jack agotado frente a un fuego casi apagado. Y el tiempo desapareció, Ennis lo sintió en la piel, todos esos años no habían transcurrido, porque ahora, muchos años después, pudo volver a sentir contra sí ese cuerpo fuerte, joven y amado, que él había abrazado y acunado desde atrás; podía percibir otra vez el suave aroma a hombre saludable y aseado que le llenó las fosas nasales al apoyar la nariz en su nuca que se erizó levemente ante su contacto, su piel siempre respondía a sus toques, a su proximidad, y era otra cosa que le encantaba de Jack Twist, por lo que tuvo que soltar un rápido y leve beso en esa piel tibia y amada, antes de susurrarle: “Eh, amigo… te duermes de pie como los caballos…”. Ahora, años después, Ennis nota como su mirada se nublaba… ¡Justo antes del accidente!

 

   El súbito estallido lo regresó a la realidad, pero de un modo extraño, uno que le hizo entender que tal vez una vieja conocida había venido por él al fin, y tal vez sería bienvenida. Todo parecía desplazarse en cámara lenta. Entendió que un neumático había estallado y que ya no tenía control sobre la furgoneta que había comenzado a derrapar. Y con un escalofrío, sintiéndose algo culpable, supo que ya no estaba sólo.

 

   -Cuidado, vaquero. –parecía vibrar una advertencia en la cálida voz.

 

   -¡Jack!

 

   -¿A quién esperabas en este momento, Ennis?

 

   Ennis miró. Sentado a su derecha estaba él, con su camisa azul preferida, con su sombrero negro de ala ancha, con su mirada hermosa y su sonrisa de siempre; joven y fuerte, como lo vio un día a la entrada del trailer de un carajo al que ya no recordaba, al pie de Brokeback Mountain. El hombre hundió el pie en el freno sin ningún resultado sobre el vehiculo que derrapaba más y más hacia el abismo.

 

   -¡Jack! –lo miró suplicante, como asustado, y el otro lo miró largamente.

 

   -¿Pasa algo, Ennis? Creí que estabas listo…

 

   -Así no, Jack. –casi gimoteó en voz alta, y todo se detuvo en seco: el giro enloquecido que describían, el polvo en el aire, el paisaje rodando a su alrededor, todo paró en el acto. Tragando saliva se volvió hacia Jack, y pronunció palabras que lo sorprendieron mientras iban saliendo de su boca, como si fueran algo ajeno a él.- Ahora no, Jack… -repitió.

 

   -¿Pasa algo, vaquero?

 

   -No puedo irme así, Jack… Quiero despedirme antes de Ed; quiero poder decirle adiós y que lo extrañaré, decirle que el tiempo juntos fue bueno, y agradecérselo. No quiero que él pase y viva, lo que pasé y viví yo cuando te fuiste, sin que pudiera verte antes. –le dolía decir eso, por lo que le extrañó notar ensancharse la sonrisa de Jack, quien miraba hacia arriba por el parabrisas.

 

   -Eso no depende de mí, Ennis. Nunca ha dependido de mí. Es sólo la fuerza de tu amor, de tu dolor, de tus recuerdos y nostalgias lo que me retiene aquí, lo que me hace aparecer de vez en cuando… y no deja que yo parta a otro lugar. –lo dice y parece escrutar el cielo en busca de una señal, tal vez de ese ‘lugar’.

 

   -De mi amor y del tuyo, ¿cierto, Jack? Porque tú me… amabas, ¿verdad, Jack? –suena preocupado, como el niño que espera ver en los ojos de su padre, viejo y cansado después de toda una vida de contacto seco y distante, la aprobación y el afecto. Jack lo mira largamente a los ojos.

 

   -Mi amor por ti nunca estuvo en discusión, Ennis del Mar. De mi devoción por ti nunca has podido dudar, tan sólo quizás del tuyo. –callan y se miran.- ¿Vas a hacerlo ahora? Yo sigo esperando, estoy aquí esperando por ti… -y el viejo dolor que lo había acompañado toda su vida, le golpeó de nuevo el pecho a Ennis del Mar. ¡Una salida, había una salida!, Jack le hablaba de un lugar, de un paso, de ir a otro sitio, un punto donde estarían juntos, pero aún así tuvo que responder.

 

   -Quiero a Ed, sin él no habría encontrado fuerzas para continuar viviendo. Me gustaría… -y la mirada se le nubla, y le duele detectar tristeza en Jack; porque sabía que era por su culpa, aún después de tantos años seguía lastimándolo.

 

   -¿…Poder decirle lo que sientes? –terminó por él, y la sombra oscura de dolor que cruzó su azulada mirada hizo que Ennis se deshiciera en lágrimas.- Entiendo, es importante oírlo decir… -remachó con voz queda.

 

   Ennis cerró los ojos incapaz de soportar continuar mirándolo, arrasado por el arrepentimiento y la culpa. Cuántas veces esas palabras no pronunciadas habían abrazado su boca y garganta como el trago más amargo (te amor, Jack Twist) al tenerlo entre sus brazos, a la luz de las estrellas. Habría sido tan fácil decírselo mientras él reposaba contra su pecho, hablando soñadora y alegremente de comprar un rancho, algo para los dos, donde estarían juntos y serían felices. Cuántas veces no se mordió los labios hasta sangrar al ver partir a Jack en una de mil despedidas, con esa luz que brillaba en sus ojos, luz de espera, de esperanza por oírle decir (te amo, Jack Twist) algo. Soltando una mano del volante, Ennis la lleva a su rostro, intentando sofocar el llanto que subía por su garganta y lo ahogaba, uno que era bilioso, el sabor de la culpa.

 

   -Perdóname, Jack, perdóname mi dulce Jack Twist… -gimoteó incontrolable, al tiempo que sintió sobre su hombro la cálida, fuerte y joven mano del otro que lo zarandeaba un poco, con aire animoso.- Perdóname por todas esas despedidas áridas, por todas las cosas que no te dije y que merecías oír. Perdóname por no decirte cuan feliz, vivo y dichoso me hiciste en esos días que…

 

   -Joder, Ennis del Mar, toma el volante, ¿o es que quieres matarte?

 

   Y sin más, se vio haciendo girar noventa grados el vehiculo, hasta detenerlo a un par de metros del precipicio. Aún lloraba cuando apagó el motor y apoyó la frente sobre el volante, y no necesitó mirar a su lado para saber que estaba solo otra vez, y eso también dolía. Jack había hecho su parte, y se iba, como el dulce ángel de la guarda en que se había convertido, quisiera o no, desde que él se aferraba a su recuerdo de forma desesperada y desolada, temeroso de olvidar algo de su cara, de su risa, de su ternura y que el recuerdo desapareciera finalmente en la nada, eso, lo único real que un día lo hizo sentir y vivir. Jack había cumplido y se marchaba, y al hombre le asustaba eso, ¿por cuánto tiempo se había ido? ¿Por un rato? ¿Volvería mañana cuando lo invocara al despertar, como cada mañana? ¿O estaba dirigiéndose a otro lugar, uno donde siempre había luz, paz, tranquilidad, y se recostaría en el verde pasto, sonriendo dulcemente, mordiendo una brizna de paja, somnoliento, acogido por suaves rayos de sol que no calentarían sino lo justo, disponiéndose a descansar un rato, a esperar, a esperarlo a él hasta el momento en que cayera nuevamente en sus brazos?

 

   Ed acababa de atender a los caballos y salía entrecerrando los ojos por el deslumbrante sol de la mañana cuando vio acercarse la furgoneta de Ennis, renqueando con uno de los neumáticos pinchados. Fue a sonreír y a bromear sobre algo, pero al ver bajar al otro con expresión turbada, sombría, dejó caer lo que tenía en las manos y corrió junto a él. Rozó con sus dedos el rostro ceniciento, y lo encaró preocupado.

 

   -Ennis, ¿qué tienes? ¿Te encuentras bien? –pero por toda respuesta, el otro lo miró en forma desvalida, abrazándolo luego muy fuerte y durante mucho tiempo, hasta que al fin le oyó en un murmullo corto, entrecortado.

 

   -Quería decirte que… -y no puede.

 

   -¿Decirme qué? ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? –y lo miró a los ojos, extrañamente brillantes y húmedos, cuando Ennis se separó un poco de él.

 

   -No es nada malo, sólo que… creo que nunca te he dicho… -y la cara se le contrae en un puchero de vergüenza, de temor a expresar lo que siente.- …cuánto significas para mí. Te quiero mucho, pero no te lo he dicho, ¿verdad? –y calla, notando la sorpresa del otro y como su mirada se ilumina (así habría resplandecido Jack, piensa y le duele, le duele mucho). El otro había enmudecido de emoción, y sólo pudo abrazarlo con más fuerzas, reteniéndolo contra sí, acunándolo.

 

   -No hace falta que digas nada, Ennis. –respondió Ed, al fin.- Hay cosas que se sienten, que se saben, que no hace falta decirlas. Yo lo sé. Sé que me quieres, que me tienes mucho cariño. –termina con voz soñadora, algo hueca.

 

   Luego sintió las lágrimas ardientes de Ennis en su cuello, y no pudo decir nada más. Volvió a abrazarlo con fuerza y los dos estuvieron mucho tiempo así, enlazados, unidos, corazón contra corazón, con la gran extensión de terreno agreste, con la cabaña, la caballeriza y una lejana montaña azulada al fondo, como únicos testigos del cariño de esos dos hombres que habían decidido compartir una vida porque se necesitaban y eran felices estando juntos como no lo habían sido en mucho tiempo, cada uno por su propia historia; aunque sabiendo que sus familias no lo entendían, y que otros los mirarían con repulsa, burla, agresividad o desprecio.

 

   Ed lo abraza y siente un leve deseo de llorar también. De felicidad, de sentir a Ennis así, ese hombre rudo y tosco que una noche lo sedujo con su mirada ardiente, de tortura, sabiendo que escondía un alma hermosa, apasionada. Sin embargo, Ed sabía que Ennis lo ‘quería’, le tenía mucho ‘afecto’ y ‘cariño’, pero amor no se había pronunciado. A él no le importaba, porque nadie podía tener a Ennis del Mar para sí más de lo que él lo sentía ahora. Comprendía que esas lágrimas del otro eran en parte por sus sentimientos hacia él, pero también una tardía confesión de culpa por cosas que no dijo antes. Eran palabras y lágrimas dirigidas a un silente y amable fantasma que a Ed le constaba que existía. El recuerdo de un tal Jack Twist. De tarde en tarde, cuando cenaba con Ennis a la mesa, y hablaban, Ed podía percibir con el rabillo del ojo, algo retirado en la mecedora de la esquina, la presencia del amable espectro que convivía con ellos. “Yo lo amo, Jack”, se había visto obligado a recitar con urgencia más de una noche, cuando al entrar en el dormitorio principal encontraba a Ennis sentado en la cama, con una almohada aferrada contra sí (¿soñando con otro cuerpo?) mirando por la ventana, hacia la lejana montaña, alejado en el tiempo, con los ojos llenos de ayer, brillantes de nostalgia y amor. “Yo también lo amo, Jack. Deja que se quede conmigo un tiempo más, por favor; luego será tuyo, como siempre lo ha sido”.

 

   Ennis gimotea todavía, quieto, recostado del otro, sintiendo su aroma, su calidez. Lo quiere, lo quiere mucho, pero su mente era un caos. “Jack… Jack… ¿estás aquí? No te vayas todavía…”. Y le avergonzaba pensarlo. Nunca estaría seguro de si fue el extraño y cálido viento que se levantó meciendo los viejos árboles, que susurraron a tranquilidad, o una voz en su corazón torturado, pero le pareció oír un timbre amado, lejano: “Deja de llorar, Ennis del Mar. Nunca me dijiste que me amabas, y aunque deseaba oírlo de tarde en tarde, cuando me reflejaba en tus ojos después de beber en tu pasión, siempre lo supe. En el fondo lo sabía. Desde el primer momento, cuando te vi y tú levantaste tu mirada huidiza y la bajaste, en ese momento lo supe, que eras mi dueño y yo el tuyo. Como lo supe ante tu llanto cuando temías que me fuera a México a olvidarte. Lo supe desde el principio y hasta el final; ese día, en esa carretera, mientras me… marchaba, no tuve miedo porque pensaba en ti y sabía de tu amor. Nunca dudé de eso, aunque tú lo hiciste. Todo está bien, ¿ahora quieres hacerme el puto favor de seguir con tu vida un tiempo más? Déjame ir a descansar un rato. Te estaré esperando, de alguna manera sé que sí hay un lugar de miel y frutas, de césped verde y mullido, y cielos altos y hermosos en montañas eternas, donde el tiempo no pasa. Vive un poco más Ennis, yo te espero…”

……….

 

   Bien, fuera de una que otra libertad poética, o literaria, la historia es más o menos como la leí en aquel blog, del que espero alguien sepa cuál es y nos lo haga saber a todos. Realmente disfrutarán leer todas esos relatos como lo hice yo el año pasado.

 

   En cuanto a la historia, creo que debo decir que la gente da demasiadas cosas por sentadas, y eso es arriesgado. Nunca se le dice a la mamá gracias por todo lo que hiciste, por todo lo que te preocupaste, por todo lo que amaste, por tus miedos por mi felicidad. No nos preocupamos a veces de si está triste, o anda molesta, o si se ve infeliz, ni le buscamos una explicación; como si de tonterías de viejas se tratara. Lo mismo pasa con el padre, o los hermanos. Hay gente que se pelea con sus hermanos por tonterías, malos entendidos o discusiones pequeñas y mezquinas y pierden meses y años de vida que no se habló con ellos, no se tomó algo de caña, se hizo una parrilla o se jugó dominó. A veces los sobrinos van perdiendo el interés o el cariño en esas separaciones que son idiotas y las familias terminan alejándose como extraños. Nada cuesta de ve en cuando mirar a todas esas personas a nuestro alrededor y decirles eso, que los queremos; o un: discúlpame por eso que te dije un día. Realmente hay palabras que tienen magia.

 

   Por alguna razón la gente siempre cree que hay tiempo para remediar esto o aquello, para hacerle la vida más fácil a esta o aquella persona que tanto nos dio, para reconciliarse, para ayudar, para reunirse y amar otra vez; pero el Ennis del Mar viejo en su trailer, viendo la camisa de Jack sobre la suya con sus ojos llenos de amargura, remordimiento, dolor y amor frustrado debería servir de advertencia: nunca demos nada por hecho, ni siquiera el que tendremos el tiempo para cambiar y ser felices después. ¡Cuidado!

 

Julio César.

DICEN DEL AMOR Y LA AMISTAD

DICEN DEL AMOR Y LA AMISTAD

   Temo que si te miro, leerás en mi corazón…

  

   Hay quienes sostienen que la amistad puede ser más profunda y sincera que esa emoción poderosa y extraña que llaman amor, porque el que quiere se siente en el deber de cumplir, de mostrar que ama, de probarse, de llamar, visitar, besar, de decir ‘te amo’; pero el amigo no, la amistad nace porque se quiere, sin un propósito ulterior, simplemente por las ganas de estar. No lo sé, ¿puede algo sustituir el deseo de estar con alguien, de mirarla, tocarla y besarla? ¿Qué puede haber más grande que esa pasión que no nos deja hablar a veces, que nos impide mirar al objeto de nuestro deseo por temor a sucumbir al más terrible de los ridículos, exponiéndonos a un rechazo que, lo sabemos, nos matará? Pero que también nos impulsa y empuja a continuar.

 

   Buda sostenía que el deseo engendraba sufrimiento, tal vez hablaba de los celos, del temor de no ser correspondido, de todo eso que llena de zozobras nuestro corazón cuando amamos y no sabemos si nos quieren, ¿qué padecimiento nos parece que puede ser peor que ese?; pero ¿acaso no pasa igual con las amistades? ¿Acaso no deseamos su felicidad, no esperamos ver sus sonrisas de alegría, saberlos satisfechos, cómodos, felices? ¿No los celamos y no nos angustia saber que pueden alejarse? ¿Acaso no queremos también a nuestros amigos?

 

   ¿Qué decir de quienes aman con todo su corazón a quien es también su mejor amigo? ¿Qué de aquel que durante toda su vida sólo tuvo un amor y conoció una única amistad y lo pierde todo en ‘un recodo del camino’, deseando morir en ese instante? ¡Qué desolación, ¿verdad?! Pero también… ¡qué amor más grande! El irreflexivo dice alegre, temeraria y tontamente: yo no tengo amigos, yo no quiero a nadie. Pobre, qué vacía debió ser toda su vida, que solitaria es su casa; tal vez tenga suerte y jamás se detenga una tarde, abrumado de pronto, preguntándose: “¿Cuándo y dónde fue que me equivoqué?”. Por suerte, hasta los más duros parecen capaces de querer, eso nos sirve de consuelo a todos los demás.

 

Julio César.

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUES…

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUES…

   Esa dicha debió indicarte que ahí estaba tu destino…

 

   Hace tiempo, en uno de esos blogs a los que tanto me aficioné llevado por amigos, sobretodo por Fátima, a quien la película le pegó duro desde el primer momento (un día les contaré cosas sobre ella), leí una linda historia, escrita por no recuerdo quién, tal vez era EL PUTO JACK TWIST, o UN ANGEL, pero no estoy seguro. Los dos escriben muy bien y bonito. El relato era sobre la muerte de Ennis del Mar, de cómo él la imaginaba. Era algo desgarrador, hermoso y terriblemente triste. A mí me encantó, aunque me sumía más en ese aire de melancolía y tristeza, y también de enamoramiento, al que me arrastró la cinta, debo admitirlo. Creo que ya he dicho que soy incondicional de Jack Twist, quiero tanto a ese personaje que cuando veo a Jake Gyllenhaal en otras cintas, me parece que es más que bueno, una maravilla, uno de los mejores del cine, aunque no fue la gran cosa en El Día Después de Mañana. En Cielo de Octubre me parece que estuvo mucho mejor,  aunque no transmitía tanto como ahora sabemos que puede hacer. Y no me acusen de hereje aquellos que lo aman y admiran igual que yo, como años atrás hacía yo con quienes criticaban El Imperio Contraataca. Es lo que pensaba antes. Ahora me parece que ese hombre es increíble, porque la luz de Jack Twist, el personaje que creó, ilumina todo su trabajo presente, pasado y seguramente futuro.

 

   Bien, vuelvo a ese relato: como dije era hermoso, y la mayoría de los que hacían comentarios en esa página estaban de acuerdo. Muchos apuntaban que habían llorado al leerlo, lo que no me era difícil de creer. También yo lo hice un poco, bueno, no tan poco como me gusta admitir. El caso es que hubo un disidente, alguien que decía que no estaba de acuerdo, que había sido algo injusto y triste, que él prefería imaginar que Ennis del Mar vivió triste durante mucho tiempo, soñando con su joven amor de mirada azulada en lo alto de una montaña, hablándole de vez en cuando y pidiéndole que lo acompañara en los días y noches malas; que llevaba una vida de soledad, hermoso y rudo como era, cargando con una existencia aséptica, sin lujos ni gustos, hasta que un día repara en la mirada nerviosa y turbada de un joven peón que estaba prendado de él. Sería… bonito imaginar que eso pasó, que Ennis no terminó horriblemente sólo; pero por dos motivos, no le veo futuro a la idea. O tal vez no entendí tan bien la película como creí hacerlo.

 

   Lo primero es que Ennis del Mar no parecía el homosexual típico. No hablo de que fuera cerrado, inaccesible, homofóbico y que temiera mostrarse al mundo como era en realidad. El caso es que Ennis del Mar era un hombre imposibilitado para mostrar afectos, o afecto a secas, y tal vez hasta para sentirlos. Eso impidió toda posibilidad con su mujer, Alma, o con aquella camarera, o con sus propias hijas. En una escena de la película, cuando está regando brea o algo así en una calle, se nota que un tipo intenta hablar con él, y él ni le para. No lo mira, no le habla. Así era ese carajo. El único que logró superar todas sus reticencias, sus barreras, prejuicios y hosquedades había sido Jack Twist (¿y cómo no iba a hacerlo un tipo tan bello y apasionado?). Y Ennis se enamoró de él, del tipo que le enseñó que estaba vivo. Toda su felicidad, y todo su tormento, vino de eso, de que por primera vez alguien lo hacía reír, hablar, amar, desear compañía, caricias y ternura, pero resultó que esa otra persona era un hombre. El drama para Ennis del Mar era que se había enamorado de un hombre, que su primer y único gran amor era ese, Jack Twist. Durante toda la trama Jack coquetea con la idea de estar con otros, aceptándolo digamos que como una necesidad biológica y hasta afectiva mientras iba envejeciendo y entendía que Ennis jamás cedería. Pero Ennis jamás lo hizo, nunca consideró posible el mirar a otro sujeto. Amó y sufrió, y ese sufrimiento debió asociarlo a su amor por un tipo, por lo que creo difícil, sobretodo en un ser como él, que lo intentara otra vez después de la muerte de Jack. A menos que fuera eso lo que le prometiera en la última escena, que juraba intentar vivir de nuevo. Y eso me lleva al segundo punto…

 

   El cual es que no lo acepto. No puedo imaginar que después de Jack Twist, Ennis pudiera desear estar con alguien más. Más que eso, no me parece justo. Jack, el alegre, parlanchín, vivaracho, lleno de ternura, de amor y entrega le había ofrecido todo su amor, y él lo tomó, por sorbos, obligando a Jack a vivir solamente por ratos; y Jack había muerto en un estúpido accidente (es lógico que Lureen también estuviera mal, había perdido a Jack). No es justo que Ennis siga adelante, que encuentre a alguien más y ame, alegre y feliz, comiendo perdiz. No, me gusta más la imagen del eterno viudo que cada mañana lleva la cuenta de los días, meses y años que ha vivido separado de su gran amor. Sé que es algo duro y cruel, pero Ennis fue duro y cruel con Jack, a pesar de que también él sufrió mucho. Sencillamente me cuesta perdonarlo. Sin embargo, no me parece decente mostrar únicamente mi parecer, así que voy a reproducir aquí un cuento sobre Ennis del Mar que tomé de uno de esos blogs hace dos años y que archivé en Documentos, por lo que para ahorrar espacio me salté mucha información y ahora no sé quién lo escribió, ni siquiera el título original que llevaba. Si alguien lo reconoce, que no se moleste conmigo e intente transmitirnos la información para que todos sepan quién fue el poeta original. Lo reproduzco ahora en reconocimiento a sus méritos, aunque lo adapto un poquito a lo que pienso. También en memoria de Jack.

 

 

UN DÍA, MUCHOS AÑOS DEPUES DE BROKEBACK MOUNTAIN

 

   “Ya ha transcurrido demasiado tiempo desde el año de Jack”, pensó Ennis con una leve sonrisa de pesar y ternura al levantarse de la cama y verse cegado por la brillante luz del exterior de un día más, otro que había logrado sobrevivir sin saber exactamente cómo. Y su mente lo llevó, como cada mañana, a Brokeback Mountain, donde los inviernos solían ser duros y largos, con una nieve que no abandonaba el lugar hasta bien entrado el mes de abril. Eso decían todos; sin embargo, ese año, el año de Jack Twist, salvo pequeñas lluvias ocasionales, el cielo había resplandecido con un azul puro y helado, y continuó así hasta pasadas las fiestas de navidad. Un azul que a él se le antojaba hermoso, sin entender bien el por qué, hasta que una noche se miró a sí mismo en los ojos de Jack.

 

   El hombre observó durante un largo rato el huidizo reflejo de su rostro en la ventana, fijándose en los ángulos y surcos que los años habían trazado en sus facciones, en su cabello cada vez menos dorado y más grisáceo, y en su expresión cansada. No era un hombre viejo, pero a veces sentía que había vivido demasiado tiempo (ha pasado demasiado tiempo, Jack). A pesar de todo ello, el vaquero volvió a sonreír levemente, con una dulzura, nostalgia y ternura que muy poca gente ha logrado ver, porque en días claros y hermosos como aquel, cuando el cielo parecía infinito, despejado de toda nube, creía detectar una sombra de espejismo en el firmamento, algo que se iniciaba en dos puntos particularmente celestes y que luego iban dibujando un rostro franco, de gran sonrisa, de sombrero negro y camisa igualmente azulada. Una ilusión de tal belleza que lo lastimaba a veces, empañándole la mirada. El hombre adivinaba la imagen de Jack Twist contra el firmamento, joven y alegre, vital y hermoso, de la misma manera en que podía detectar la forma del pez que se desliza bajo la superficie del agua.

 

   Esos momentos eran los más maravillosos y duros en la vida de aquel hombre, porque el tiempo se detenía lentamente, casi sin notarlo, y luego comenzaba a retroceder. Diez, veinte, treinta años atrás, y se encontraba con él mismo, joven, lleno de fuerzas, de ganas de vivir, pero temeroso al mismo tiempo de hacerlo, de sentir, de desear lo que creía no estaba bien. Se veía ingresando otra vez, a cuatro patas, avergonzado y suplicante, dentro de una tienda donde se juró no entrar otra vez, pero necesitando ver nuevamente al carajo al que había ofendido horas antes. Y allí estaba él, recostado, esperándolo con una mezcla de esperanza y temor, con su torso joven desnudo y los ojos llenos de estrellas, infinitas, hermosas y brillantes, que lo arrastraban a otros cielos, unos donde deseaba perderse para siempre. Volvía a ver al atractivo joven mirándolo con muda suplica, con entrega, con generosidad y ternura; y revivía el calor, el deseo y el amor que él mismo llegó a sentir en ese momento. Y nuevamente se sumergía en él, en sus brazos, en sus labios, probando la vida, la dulzura, la ternura. Se sumergía en su amor, porque era amor, ahora podía reconocerlo como tal. No era carne, no eran sólo ganas, era el deseo de vivir, corresponder y pertenecer a algo, a alguien, a estar completo por una vez en la vida, acompañado, lejos de la soledad del alma; a pasar días, meses y años así, existiendo a plenitud.

 

   “Basta, Ennis del Mar. Ya no hay tiempo para eso. Ya no hay tiempo para los recuerdos de un viejo”, se dice el hombre. “Ya deberías estar camino al pueblo para atender tus obligaciones”.

 

   Se afeitó apresuradamente, cortándose en la barbilla, y anduvo por la vieja cabaña tropezando con todo lo que se encontró, mientras sujetaba un pañuelo de papel contra la herida y rebuscaba en los cajones la ropa del día. Logró vestirse sin alterar demasiado el orden a su alrededor. Se calzó el viejo sombrero y se medio inspeccionó en un pequeño espejo, sonriendo con cierta burla.

 

   “Estás medio presentable, viejo”, se dijo con una leve sonrisa. “No hay nada peor que un viejo engreído, del Mar, recuérdalo siempre”.

 

   Saliendo de la rústica vivienda escuchó a Ed trastear en el establo, con los caballos.

 

   -Hey, Ed, bajo al pueblo por comida. ¿Necesitas algo?

 

   -¿Qué tal un beso? –le respondieron.

 

   Ennis del Mar se sorprendió, como siempre le ocurría, al verlo aparecer sonriente, mirándolo con ese afecto entre tímido y cargado de adoración. Al hombre le costaba comprender que después de tantos años juntos, Ed mantuviera esa misma mirada enamorada de la primera vez que se conocieron, esa noche en aquella taberna. Recuerda que en ese momento apenas se sostenía de pie frente a la barra y peleaba con el maldito cantinero que se negaba a servirle otra cerveza, tal vez al verlo tan tambaleante y sabiendo que vivía retirado. Y solo. Todos sabían que era el hombre que vivía solo, y aunque se comentara de tarde en tarde, nadie se metía en eso. Y mientras discutía por su trago, por su derecho constitucional a morir bebiendo, no reparó en Ed hasta que este le preguntó su nombre por tercera vez, con la misma sonrisa, los mismos ojos grises y el mismo cabello rubio de ahora, años después, aunque más ralo.

 

   -Ennis. –había balbuceado él, respondiéndole esa noche, enfocando el rostro del otro a duras penas a través de los vapores del alcohol, su único viejo y leal amigo de años y años.- Ennis del mar. –y al decirlo la voz le tembló y su mirada se nubló, porque el recuerdo de una situación parecida vivida muchos años atrás fue como un latigazo en una herida abierta (Jack, Jack), tanto que lo hizo contraerse involuntariamente, jadeando leve, con tanta fuerza que tuvo que cubrirse el rostro con los dedos, quizás creyendo que la oscuridad sería su aliada y aliviaría un poco ese terrible dolor. El viejo dolor que nunca se iba.

 

   -Ennis del mar. –oyó repetir entonces al desconocido, con voz grave y suave.- Parece el nombre de un personaje de leyenda, ¿no? –y el hombre, con la mirada desencajada, lo miró, largamente, y el atractivo joven comprendió que una batalla terrible se libraba dentro del otro.

 

   Aquella noche Ennis no pudo responderle nada, como no fuera desviar la mirada y atrapar su botella de cerveza con fuerza, buscando equilibrio y apoyo para no caer bajo el peso del dolor. No le habló, ni ninguna de las muchas otras noches cuando ese joven parecía buscarlo. Él no deseaba la cercanía de nadie, no esperaba a nadie. Ya no esperaba nada de la vida. Un día tocó las puertas del Cielo con sus manos, ahora lo sabía, había tocado la eternidad y la felicidad, y lo había dejado ir todo; ya no tenía derecho a nada, lo que iba a dársele, se le entregó y él lo había jodido. No puede evitar sonreír con dolor, con una tristeza infinita al reconocer su falta, ¡todo había sido su culpa! y ahora sólo quedaba la penitencia. Ya no estaba Jack para darle la absolución, como un día, muchos años atrás cuando lo ofendió pero luego tuvo que ir a él, buscando sus brazos, su calor, su amor, encontrándolo todo. Ahora había tocado fondo y ya no podía hacer otra cosa sino estar, aleteando como un pez fuera del agua que se asfixia lentamente hasta morir (morir finalmente, como él). No, él no buscaba a ese joven de rostro franco, que le hablaba de su trabajo, de su familia, que le preguntaba qué hacía, dónde vivía, que deseaba saber cosas de él. Ennis no quería oír, no deseaba oír nada más, pero el joven lo miraba y sonreía, y le hablaba.

 

   El hombre nunca estuvo muy seguro del tiempo que transcurrió hasta el momento en que abrió los ojos en medio de la noche y encontró a Ed desnudo, de espaldas, y a él recostado del joven, bajo las mantas en la misma cama. Y fue un shock, ¿qué había hecho? Y se ahogaba, ¿qué había hecho? Para el hombre el mundo se derrumbaba, ¿qué había hecho? Estaba aterrado y quería gritar, agitándose en la cama. Sentir las manos del joven en sus cabellos, acariciándolo mientras le siseaba que tuviera calma, lo angustió todavía más.

 

   -Está bien, Ennis. Todo está bien. No pasa nada malo. Sólo descansa. –le susurró suavemente, y nunca como en ese momento al hombre le pareció que el tiempo había virado, que no era Ed quien estaba ahí, que era otro quien lo calmaba, que lo consolaba por ceder a eso que su piel, su ser y todo él le pedía con desesperación; eran las caricias de otro hombre, la ternura de otro hombre, el amor de otro hombre que de alguna forma, tal vez invocado por la fuerza de sus recuerdos, de su dolor, de su deseo, se había materializado para él, al fin, para traerle paz y consuelo. No eran los brazos de Ed reteniéndolo, eran los del otro, era él, al fin, que se apiadaba de su dolor y volvía.

 

   Ennis del Mar no recodaba nada de lo que había ocurrido hasta ese momento, pero sí recordó que se encogió, aferrándose a Ed y que lloró. Aunque decir llorar era poco. El hombre se derramó sobre el otro como nunca imaginó hacerlo antes (había llorado tres veces en forma terrible en su vida, pero nadie lo había presenciado). El hombre se deshizo en lágrimas. Era difícil que una persona pudiera volcar de una sola vez tanta pasión delirante y no saciada, tanto amor extraviado y extrañado en las noches de una soledad caliente y desesperante, tanta pérdida que vaciaba su alma, tanto dolor que lo marcaba como hierro al rojo vivo cada día de su vida, pero Ennis lo hizo. Se vació, quedo exhausto. Y en medio de las lágrimas llegaron los jadeos ahogados, entre hipos, de un nombre que Ed no entendió bien, de reclamos por una partida, dejándolo solo para siempre para que se muriera en vida, de arrepentimiento por todo lo que no dijo ni hizo. Ennis lloró y lloró por su vida larga, por su vida triste, por su cabaña solitaria donde el viento (traidor y cruel) entraba por la tardes melancólicas, susurrando por los rincones un nombre que le dolía (Jack, Jack). Lloró hasta que comenzó a dolerle respirar, por tantas despedidas sin sentido que él pudo evitar, al bajar de una montaña, al salir de un motel, al rechazarlo al divorciarse de Alma, por la discusión final, cuando se marchó sin volver la mirada. El hombre lloró hasta que le dolió no haberse muerto ya para ir tras él, a buscar en el más allá una sombra, un recuerdo (Dios lo perdonará, porque decían que era todo amor, y si no, que lo condenara junto a él, a su lado el infierno ya no sería infierno, no más que esta vida). El llanto duró hasta que dolió seguir llorando.

 

   -Esta bien, Ennis del Mar, todo estará bien. –continuó diciéndole Ed, en voz baja, sin dejar de cobijarlo y sujetarlo entre sus brazos, sin comprender que esa misma ternura, entrega y preocupación lastimaba más al hombre, porque le recordaba al otro que tanto le había dado, aquel que tanto lo había amado y a quien él adoró de una forma que no entendió hasta mucho después.- Ya todo está bien, créeme. Y sí no, ya lo estará, te lo aseguro. –y la promesa asustaba a Ennis, porque le hacía entrever y albergar esperanzas, con un mundo donde se ilusionaba con dejar las sombras atrás; pero tampoco quería eso, porque le parecía una cobardía (“¡una traición, Ennis!, eso es lo que es, traicionas a Jack Twist”; le gritaba una parte de su mente), así que no quedaba otra que… llorar más, entre jadeos ahogados, mojando al otro con sus lágrimas, saliva y mocos.

 

   Al cuento le falta un pedazo. Eso viene después.

……….

 

   Como dije, no soy particularmente afecto a este cuento, por muy bonito que sea (tal vez mi versión no tanto, pero la otra lo era). Pero, no lo sé, tal vez sea lo justo. No se puede (o no se debería) sufrir toda la vida por un error, una falta, un momento de duda, indecisión o cobardía (aunque rechazar a alguien como Jack Twist es la madre de todos los errores). Se supone que aprendemos de los desatinos, es lo humano, lo digno; creo que a eso le llaman redención. Pero, por mi parte, nada de eso me importa. Considero, firmemente que Ennis del Mar no tiene ningún derecho a olvidar a Jack Twist el personaje más maravilloso que haya visto yo en una película (junto al trío de La Guerra de las Galaxias: Hank, Luke y Leia), ni a buscarle un sustituto.

 

   Sin embargo, Ennis también había amado y sufrido, y el suyo había sido un padecer peor, porque era él quien se negaba a ser feliz, a aceptar el amor, mientras el otro lo brindaba de forma decidida. Y lo decente sería permitirle el derecho a sentir otra vez,  dejarle que viva al fin fuera de su cárcel, de cara al sol, a la gente y la vida, el permitirse amar y dejarse amar. La vida sería terrible si no se tuviera esa oportunidad después de una caída. Aunque por su forma de ser, por sus propias limitaciones, miedos y prejuicios, así como el medio ambiente donde le tocó vivir, imagino que le sería difícil. Nunca es fácil decir ciertas cosas, adoptar ciertas posturas ante la vida y perseverar en ello, por muy simple que lo pinten en películas, libros o en series televisivas. Para un hombre como Ennis, o para cualquier muchacho u hombre en algún pequeño poblado cercado por los que le conocen, y a su familia, jamás le será sencillo acercarse a los suyos, a los hermanos y padres, a los amigos e incluso a los hijos y decirles: soy homosexual. Por ello tantos viven reprimidos, escondidos, escapando de tarde en tarde, ocultándose en la distancia, en las sombras o en otros países. No viviendo en realidad, a la larga.

 

   Leyendo una entrevista de la autora del relato, Annie Proulx, la mujer comentaba una experiencia personal que la impresionó al estar en una de esas cantinas típicas del Wyoming rural. Se fijo en un ranchero de edad madura, con su camisa llamativa, sus botas y sombrero, solitario en la barra, lanzando miradas furtivas, no a las bellas señoritas que mostraban desparpajo y encanto, sino a un grupo de vaqueros jóvenes que reían, hablaban y bebían. Ella suponía que tal vez recordaba con nostalgias del pasado cuando él mismo era así, o simplemente dejaba escapar en un momento de terrible debilidad, en una vida donde no podía permitírselo nunca, el admirar a esos jóvenes bien parecidos, fornidos y alegres; tal vez recordando un furtivo momento que duró minutos hace muchos años, lo único a lo que un vaquero de edad madura en un ambiente así podía aferrarse para vivir otro día.

 

   Tal vez con mujer e hijos, pero sintiendo que algo muy adentro de él se moría, se amargaba, dejando de sentir, insomne, contemplando el paso de las horas y de su vida, sintiendo pena de él mismo. Y eso me aterra. Por Ennis del Mar, que viviera tanto tiempo, saliendo de vez en cuando a tomar algo, viviendo solo, sin nadie que lo mirara con afecto, que le tocara el hombro, que le sonriera, que le dijera con miradas que lo amaba, compartiendo su cama. Nadie debería pasar por eso. La soledad de Ennis se me hizo más real leyendo esa entrevista, y más dolorosa; porque no podía imaginarlo (y al mismo tiempo sí, cosa más lamentable) admirando a lo lejos a un joven de cabellos negros, gran sonrisa, sintiéndose estremecido ante otra mirada azulada; espiándolo desde una barra sintiéndose idiota, o sucio, soñando entre pasado y presente, y sin que ese tipo lo notara siquiera, o sí, ridiculizándolo. No, tal vez Ennis si merece algo de felicidad. Jack lo entendería…

 

Julio César.

BUEN CINE

BUEN CINE

   ¿Cómo dudar que fuera realmente el Paraíso?

 

   El muchacho está indeciso entre entrar o no a la sala de cine. Había oído críticas muy buenas, demasiado para un tema y trama como aquella, e imaginaba que la película debía ser mala, como esas que generalmente premian con el Oscar y cosas así. No, la verdad era que él esperaba que fuera mala. Que sea muy mala, Dios, se dice Doménico San Martín. Está nervioso mientras se pasea por la entrada del teatro.

 

   La mujer en la taquilla lo mira divertida. Creía entender el dilema del joven, un muchacho que estaría cerca de los dieciocho, guapito en su delgadez y altura, cabello castaño y cara increíblemente amable, casi… vulnerable. Le parece que es de esos de sonrisa fácil. La mujer sabía que muchos jóvenes, sobretodo con confusiones sexuales o sentimentales, deseaban ver la película pero se cortaban todos en la cola. La juventud era bonita, se dice convencida, pero sólo los años daban la paz de la experiencia para moverse con donaire por este valle de lágrimas. Al menos los que crecían y evolucionaban, no para los eternos niños malcriados que vivían culpando a otros de sus fracasos y errores, sin aprender jamás de ellos y condenados para siempre a repetirlos. Tal vez fuera mejor que el joven no entrara, se dice la mujer. El film podía ser duro, sobretodo para gente sensible como parecía ser ese muchacho.

 

   La mujer acertaba sólo en parte; Doménico, Nico para todo el mundo, aunque fue un apodo que no eligió, como no lo hizo con su nombre, era realmente muy joven, sufría de confusiones y era sensible. Demasiado, opinaban algunos, como su padre. Pero el joven no estaba allí por la película en sí. Él deseaba ver un fracaso, algo tan horrible a pesar de las críticas favorables, que le diera la paz, que le dijera no era distinto a otros. Decidiéndose entra, sonriéndole en forma abierta a la mujer de la taquilla que lo atiende con simpatía. No va al baño. No compra cotufas, refresco o caramelos. Entra a la sala, no muy llena, ya que muchos venezolanos morirían antes de dejarse ver haciendo la cola para ver El Secreto de la Montaña (Brokeback Mountain). Va a la última fila, casi junto a un rincón, lejos de todos y espera. El corazón le late con fuerza. Espera odiarla mucho. Todo comienza… y de entrada el solitario y agreste paisaje, así como la música, lo inquietan. Y ese joven se dispone a ver el film, y su mente cubrirá los huecos que la trama deja abiertos para que cada quien los llene con sus deseos e ilusiones, con sus necesidades particulares.

 

   Wyoming se parecía tanto a Texas, que ese joven de diecinueve años por un momento pensó que aún seguía en su terruño mientras atravesaba la carretera en su vieja camioneta. Una vieja, muy vieja, que según decían estuvo al principio de los tiempos. Sabe que lo que le espera será duro, y nada agradable, pero el atractivo tipo de ojos azules y sonrisa perenne, no puede dejar de sentirse optimista. No le gustó mucho ese trabajo el año anterior, como no puede gustarle a nadie, piensa, pero no le tiene miedo. En su alma parecía no caber esos sentimientos. Si había una tarea la hacia y ya. Él era vaquero de rodeos, algo que su padre desaprobaba, recuerda con cierta divertida amargura, pero la verdad era que su padre nunca estaba muy contento con él, y no era por lo del rodeo. Le parecía demasiado soñador. Demasiado ‘todo saldrá bien, papá’. Su padre no podía ser así. El mundo estaba cambiando, todos los valores con los que él había crecido iban desapareciendo, algunos se aferraban al pasado, otros miraban inquieto lo que venía, y un joven como él, sentía expectativas, la vida no tenía que ser siempre como había sido, sólo porque así fue siempre. Menos de dos décadas atrás los hombres de ese país habían cruzado el océano para librar la gran batalla contra la oscuridad y maldad del nazismo. Pero ese mundo terminaba; lo que debía ser de lo que era iba dejando de ser una barrera infranqueable que muchos aún no sabían cómo enfrentar.

 

   Oh si, Jack Twist tiene planes, se dice con determinación. Ganaría algo de dinero e iría a todas las ferias y rodeos que se anunciaran, y ganaría más. Un día tendría su propio rancho, una mujer e hijos, se dice repitiendo palabras de su padre. Ahí estaba la estación, y al detenerse repara en otra figura. Un tipo de mirada baja, que fumaba con el sombrero casi sobre la nariz. Tenía aire de peón de estancia, se dice Jack, divertido. Fue cuando ese hombre levantó la mirada, fugaz, bajándola pronto, como avergonzado de haber sido sorprendido atisbando, que el corazón de Jack latió más de prisa luego de pasar tres segundos detenido, haciéndolo estremecerse levemente. La sensación de vértigo y calor que corrió por sus venas era extraña. El joven no puede evitar una sonrisa leve, de nervios, de excitación ante lo nuevo; no entiende ese sobresalto embriagador que lo llena de ganas de estar allí, pero entendía que tenía algo que ver con el rudo y hosco joven de pie frente a él.

 

   Más tarde sabría que ese tipo se llamaba Ennis del Mar (y en su mente repetirá ese nombre una y otra vez, saboreándolo, sin imaginar que pasaría los próximos veinte años de su vida repitiéndoselo para encontrar ratos de felicidad y escapar de la soledad), que trabajó en una hacienda hasta que los hermanos se casaron y ya no hubo lugar para él. Supo que era tosco, cerrado e increíblemente tímido. Y cada nuevo dato era atesorado por Jack, quien no podía dejar de pensar en él en esa montaña, mientras come a su lado, mientras lava su ropa en las frías aguas del río o se tiende sobre la grama, de noche y contempla las estrellas que ahora le parecen más hermosas. Tal vez porque ahora tenía un motivo para perderse y soñar en sus luces frías y fantasmales. Cerrar los ojos era conjurar una imagen recia, callada y tosca, que iba a su lado, decidido…

 

   Ahora comparten las montañas y ese cielo inmenso, uno tan grande que puede cobijar a un tal Jack Twist, un vaquero de rodeo, joven y fuerte, parlanchín, alegremente fanfarrón, simpático y abierto, que se siente extrañamente vivo y feliz en las frías cumbres. Es un hombre que imagina, a veces, poder alzar las manos y alcanzar ese cielo; y quien, al fumar y beber por las noches, mira a Ennis del Mar. Y la mirada de Jack era distante, perdida, hermosa, con una luz que a veces turbaba al otro, quien no podía dejar de reconocer para sus adentros que eran ojos atrayentes. Ahora Jack pensaba en su vida, en lo que fue antes de llegar ahí (antes de conocer a ese tipo callado y tosco), y en lo que podía ser hasta el fin de sus días fuera de ese lugar; y ya no era feliz. Los dos hombres hablaban. Tomaban whisky y hablaban más, y Jack lo miraba a veces si poder contenerse, asustado de lo que siente, porque ahora imagina vainas nuevas, como el qué sentiría recorriendo con el dorso de su mano la mejilla del peón, acariciándolo como Dios manda, o mirarse en sus ojos evasivos, al estar frente a él, tan cerca uno del otro que sintieran sus alientos. Lo piensa y se siente ahogado, embargado de un deseo inmenso que no entiende, por lo que tenía que beber, o saltar locamente, gritando como un vaquero de comiquitas, para escapar de su embelezo y de las ganas que quieren salírsele por ojos y boca.

 

   Y Ennis notaba esas miradas, confuso, negándose a sentir, pero perdiéndose por momentos en esas pupilas que iluminan de azulada luz un paraje por el que no sólo no puede transitar, sino que hasta estaba prohibido pensar en él. No hay palabras. Sólo hay miradas que van y vienen cuando están seguro de que el otro no presta atención. Y Ennis habla de su novia de toda la vida, y mira a Jack, como queriéndose convencer de que todo estaba bien por ese lado. Llega la noche, llega el frío. Llega el licor que baja las defensas y desinhibe la conciencia. Y Jack llama a Ennis para que entre a la tienda o se morirá de frío. Y el otro lo hace casi arrastrándose, cayendo a su lado, dormido en seguida.

 

   Jack dormita, pero no está tranquilo. Sueña su vida, la pobreza, la estrechez, las privaciones, el oír de niños amados por sus padres. Sueña con cosas que no tiene, que no tuvo, que sabe que no tendrá; una vida que se repite hasta el infinito, y no es feliz. Algo falta. Algo no estaba bien. Era un tipo joven, lleno de ganas de vivir y no estaba bien, algo estaba muy mal. Faltaba calor, faltaba cariño. Y ahora una imagen aparece en sus sueños, es Ennis, a su lado; y Ennis lo toca, y no parece Ennis, porque sonríe, y dice que debe afeitarse, y le recorre la barbilla con el dorso de una mano mientras su mirada atrapa la suya; y dice que no le gusta con barba, y sonríe más. Y Jack lo ama, y Jack se excita. Despierta, angustiado por el deseo, sintiendo que se quema, que se muere de las ganas que tiene. Percibe el olor de Ennis, oye su respiración y casi grita de frustración. Y se decide, porque es un carajo valiente, del tipo que le dice a esa persona de la que no está seguro, te amo, y a veces triunfaba, a veces sólo sufría. Pero que se arriesgaba y vivía.

 

   Jack cruza un brazo y atrapa una mano de Ennis, halándolo sobre sí. Siente su aliento en la nuca. Siente el calor de su cuerpo a sus espaldas. Pero no es suficiente. Cerrando los ojos lleva esa mano a su entrepierna, aprieta, suelta y aprieta otra vez, y casi se muerde los labios para no gemir. Y Ennis despierta, se sienta, alejándose, pero Jack también se incorpora y lo encara, intenta tocarlo, intenta acercársele, frota su frente de la suya y le dice con todo su ser que lo quiere, que lo quiere en ese momento y ahí mismo y que si no le hace el amor, morirá. Y a Ennis le sube la temperatura, la piel le arde, la sangre le corre con violencia. Siente un despertar doloroso de su virilidad y se dice que no es nada, que es carne, que es deseo, y con brusquedad cae sobre Jack, como un poseso, con la urgencia de las ganas. Con rudeza se mueve al bajarle el pantalón y untar con su propia saliva, y no siente asco ni reparos mientras lubrica y toca, está más allá de todo en esos momentos. Lo posee con fuerza, casi brutal, porque tiene que hacerlo, porque la carne le duele de ganas, pero también de rabia por tener que ceder. No era nada, intenta pensar mientras se sumerge en el otro, casi jadeando por el alivio que siente dentro de sí, en su mente, casi en el espíritu. Pero seguía ardiendo, seguía quemándose…

 

   Al día siguiente llega el ratón moral, y Ennis casi tiene que huir, sintiéndose mal consigo mismo, pero sobretodo con Jack... Lo que hizo fue sucio. Había sido algo malo, un pecado al que había cedido por debilidad de la carne. Dos hombres no podían hacer esas cosas. ¡Estaba mal! Todo lo que era su vida, lo que fue y lo que planeaba ser, incluida su novia, estaba en colisión con eso que había pasado con ese hombre, con Jack, ¡con Jack!, como no se cansaba de repetir ese nombre su mente. Se aleja aunque ve al amante salir de la tienda, se aleja porque tiene que poner distancia, y no mira todo el dolor que su rechazo causa al otro, cuyos ojos lo siguen, con una mirada que lo dice todo, con sufrimiento, con abandono. Para Ennis la cosa había sido terrible, había tenido sexo con otro hombre; para Jack había sido una revelación, algo que antes no encajaba ahora tenía explicación. Para él lo terrible era la marcha de Ennis, su silencio, su hosquedad, porque esa noche no le había entregado sólo su virginidad a ese tipo, algo que pudo intentar antes, y que nunca había considerado siquiera, hasta que ese vaquero de mirada ruda se había cruzado en su camino, ordenado quién sabe por qué designio. No, no era sólo su santidad lo que le había regalado, sino su vida, aunque no se había dado cuenta exactamente en ese momento. No le dio sólo el culo, le entregó todo lo que era, y el otro pareció no notarlo; peor, no importarle.

 

   Ennis regresó hosco al campamento, y a Jack. Le dijo claramente que no era ningún marica. Con su voz, con su tono, con su lenguaje corporal intenso, le dio a entender claramente que lo culpaba de todo, de haberlo enredado en toda esa cochinada. Y Jack lo escuchó mirando hacia el valle, con rostro aparentemente imperturbable, y como millones antes que él en su situación, le dolió oírlo. Quería rebatirle, discutir, tal vez decirle que también él había participado de forma entusiasta cuando lo acariciaba y buscaba más de su persona, pero calló. Porque entendía que Ennis estaba mal. Ennis sufría al enfrentar algo que le horrorizaba, el toque del marica, y por eso lo lastimaba, porque en verdad se lastimaba a sí mismo, como castigo. Uno parecía ya aceptar un destino, el otro aún batallaba. Ennis se estaba flagelando de forma terrible e inmisericorde, sin darse cuenta de que también lastimaba al otro, lo que a lo largo de su vida será su maldición, herir a quienes amaba, y quienes lo amaban a él. Por eso Jack soporta, porque entiende.

 

   La noche llega, y Ennis sentado al calor de la fogata, mira las llamas, sombrío, sintiéndose lleno de una amarga determinación. No mira hacia la tienda de campaña, donde Jack se despoja de la camisa y tiende una cama, acostándose. Ennis siente que se muere aunque su rostro parece de madera. Piensa en Jack... Una y otra vez piensa en él, en su mirada anhelante y franca, en su boca roja que se abría al gemir o al pegarla de su piel, en sus ojos azules. Recuerda su piel, lo que sentía al recorrerla con sus manos, su calor, su aroma fuerte y vital, y le cuesta respirar de lo mucho que lo extraña. Pero no, era un hombre. Jack era un hombre y él también. Eso estaba mal. Mira del suelo a la tienda y sabe que el otro estaba allí. Esperándolo. Lo sabe aunque ignora cómo. Jack lo esperaba, con esa invitación sin palabras en sus ojos, con esa alegría que lo hace brillar y verse (se estremece) hermoso, una fuerza y una energía de la que él carecía. El corazón le palpita, la sangre corre por sus venas y siente que se muere por ir, por tocarlo, por recorre su espalda, por acariciar su rostro y convencerse de que era tan excitante y maravilloso como ahora creía recordar. Lo acusó de sucio, de marica, y ahora siente dolor. ¡Había lastimado a Jack! ¡Lo había herido para sentirse mejor consigo mismo!

 

   Se pone de pie, tembloroso, la cara le arde de vergüenza, pero es que ya no aguanta más. ¡Lo necesitaba demasiado! Se dijo que no pasaría otra vez, pero debía ver a Jack... Verificar que aún estaba ahí. Quiere comprobar lo que verá en su mirada, sí habría resentimiento, o la invitación a tenerlo nuevamente. Sufre, ya que una parte de su mente le grita que era un pervertido, la peor clase de degenerado, el marica despreciable que sólo debía recibir burlas, asco y puñetazos; pero otra parte de sí, necesita decirle a Jack que lo siente. Al menos en parte, porque lo que en verdad quiere es estar junto a él, rodearlo con sus brazos, tocarlo y sumergirse en su piel. Desea que Jack se entregue una vez más, sin palabras, sin mimos, como la noche anterior, entre jadeos, gruñidos y brazos que apretaban y manos que acariciaban. El trecho de la hoguera a la carpa es corto, pero se le hace eterno al caminar gacho, sombrero en mano, lleno de culpa, de deseo, pero también de pesar por ofender al otro. Su rostro es el del penitente, el del hombre que va por absolución, una que sólo Jack podría darle. O no.

 

   Recostado, Jack aguarda. Espera a que todo pase, o a que no ocurra nada. Espera para vivir otra vez, sintiéndose amado por Ennis, o se prepara para la agonía. Se sorprende al comprender cuánto depende de ese tipo ya. El miedo a que no vaya, grande y pesado, tanto que le provoca espasmos en el estómago y calambres por todo el cuerpo, no logra que olvide el momento anterior, cuando por primera vez estuvieron unidos y alcanzó la gloria. En ese corto y eterno instante, se sintió completo, protegido, como bañado por un cálido rayo de sol de bienestar, tanto que no sabe si lloró como un niño o sólo lo imaginó. Se sintió vivo y feliz como no recordaba otro momento en toda su vida. Espera a vivir o a vegetar, recostado, viéndose hermoso en su angustia, hasta que su mirada repara en Ennis de pie en la entrada, sombrero en mano. Rápidamente queda sentado y Ennis cae de rodillas, como derrotado, evitando mirarlo, susurrando un ronco: perdóname.

 

   Y allí Ennis del Mar comete el más grande error de toda su vida, medio mira a Jack y nota la mirada intensa, grande y totalmente enamorada de ese otro carajo, que lo ve con adoración. Ennis lee en aquella mirada que Jack lo perdona porque lo ama, ya lo ama, no sabe cómo le pasó, le dice Jack sin palabras, pero ya lo ama más que a su propia vida. Pero Jack no necesita decir nada, ni oírle decir nada a él. Casi siseándole para que calle, para que no sufra explicándose, le acuna el rostro con sus manos y lo besa, queriendo borrar el sufrimiento que ve en Ennis, el Ennis que nació y  creció en un mundo duro donde fue amado tan poco por quienes debieron adorarlo. No hay palabras, y esas lagunas podrían ser llenadas por los deseos de cada quien, quien imaginaría lo que quisiera; como el muchacho de mirada embelesada sentado en una oscura sala de cine.

 

   -Jack… Jack…

 

   -Ennis, estás aquí. Volviste…

 

   -Perdóname, perdóname, Jack, por herirte, por llamarte marica y culparte de todo. Perdóname por tratarte así.

 

   -No, no tienes que decir nada. Ya todo está olvidado. Sé que estabas molesto por lo que pasó, por esto que nos pasó.

 

   -Te lastimé, y eso me dolió a mí también.

 

   -Me dolió más el verte partir, molesto conmigo, sin volver la mirada, alejándote como si no notaras que me llevabas contigo; desde el momento en que fui tuyo todo lo que soy te pertenece, incluso mi vida.

 

   -No quería venir, pero necesitaba sentirte, tu olor, tu sabor; estando aquí, junto a ti estoy bien, como si nada faltara, como si todo estuviera finalmente en su lugar.

 

   -Ennis, desde que te vi entendí que algo estaba mal en mi vida, que había un vacío oscuro que estaba allí y jamás lo había notado, pero que me asustaba. Pero ahora tú brillas en esa oscuridad y la acabas.

 

   -Nunca debí venir, nunca debí conocerte, maldita sea, Jack...

 

   -Gracias a Dios que lo hiciste, porque ahora eres mi todo.

 

   Se besan, y ninguna de esas palabras se pronuncian, y Jack cae de espaldas, y Ennis se abraza a su torso, como incapaz de mirarlo, sólo frotándose de él, elevando una mano y acariciando el rostro de Jack, un rostro que se le vuelve el suyo, el más importante de todo el mundo. Y siente ganas de escapar, de llorar, pero no es nada comparado con las ganas de besarlo y se fundirse en su carne, por lo que cuando Jack gira sobre él, besándolo, tomando la iniciativa una vez más, cede y se deja llevar por esa corriente de deseo que lo vitaliza, haciéndolo sentir completo y en paz, sometiéndose al otro cuerpo, firme, pesado, caliente. Se besan sin palabras, se entienden sin mimos o arrumacos, porque son hombres toscos no acostumbrados a la ternura, y menos al cariño entre carajos. Pero las manos cumplen, las bocas también. Los cuerpos responden y lo demás lo llena esa sensación interna que hace que uno desee tanto al otro, a tal punto de que no parece haber forma de calmar todas esas ganas.

 

   La noche es cómplice de los amantes que exploran sus cuerpos, sus deseos, que lamen, besan y muerden entre jadeos. Y el cielo los cobija, brillante de hermosas estrellas que fulguran con mayor fuerza, entendiendo, tal vez, como toda la Creación que lo mejor que se podía hacer, ahora o siempre, era eso, entregarse a la fuerza de lo que se anhelaba. A lo que se amaba. Jack y Ennis se aman con desesperación, tal vez temiendo al mañana, al tiempo que ya corre en contra de ellos, a la vida. Mientras Ennis lo muerde en un hombro, incapaz de controlarse, saboreando su piel, goza y sufre, porque entrevé un día sin Jack, toda una existencia sin él, sin eso que ahora viven. Pero por esa noche se tienen uno al otro y no falta nada más. Todo sobra. Sin embargo, mientras jadea entre los brazos de Ennis, de placer, ahogando un ‘te quiero’, Jack siente deseos de llorar, temiendo que una estación termine y deban abandonar la montaña; pero aquello no podía ser el final, lo que Ennis y él tenían era grande, y Ennis buscaría una solución. Lucharían por lo que tenían ahora.

 

   Pero se separarían porque, aunque Jack estaba decidido a enfrentar y defender lo que sentía, su amor por ese otro tipo, confiado en el éxito que le hacía creer su juventud; Ennis no estaba dispuesto. Para él todo eso había sido algo físico, sexo, algo que había pasado en la montaña. Pero le bastó ver como Jack se alejaba para sentir todo el dolor e impacto de la separación, tanto que creyó morir. Los cuatro años siguientes, hasta el reencuentro, Jack viviría en medio de sobresaltos, con mujer e hijo, pero extrañando y amando al hombre al que una noche se entregó. Él estaba claro, lo deseaba, lo quería, lo amaba y su vida era incompleta otra vez. Nuevamente faltaba eso, su centro, su vida. Para Ennis la cosa fue más difícil, ya que su naturaleza hosca y cerrada le impedía sonreír, o soñar alguna vez con su Jack... Casado y con hijas, no encuentra consuelo, cosa que lo aleja de su familia, de tener amigos y conocidos.

 

   Él no puede ser como Jack, quien admite para sí su homosexualidad y juega al coqueteo en un rodeo. Él no era así, él era un hombre que se había enamorado de otro hombre. Para bien y para mal, y ahora entendía cuánto necesitaba a ese carajo. Por eso al verlo nuevamente, al pies de esas escaleras, estuvo a punto de reír, casi le grito ‘estás aquí’. Corrió, conteniéndose, notando la mirada aún esperanzada y tal vez temerosa de un rechazo de Jack, y tuvo que caer en sus brazos, apretándolo, sintiendo su olor, su calor, ese cuerpo que había extrañado tanto; asustándose de comprobar cuánto había deseado eso, tenerlo así, a su alcance, a su Jack, la única cosa o persona que había llenado su vida en verdad.

 

  Hora y media después, todo termina y Doménico siente que quiere morirse. De pesar. Por Jack, por Ennis. A Jack lo ama, de forma clara, total, sin meditarlo un segundo; por Ennis siente un terrible pesar, ¡pobre idiota!, tantas veces arañó el cielo y lo dejó escapar en lugar de aferrarlo con fuerza. No quiere mirar a nadie porque sabe que lloró un poco y la gente lo notará. Le molestó que algunos rieran y rechiflaran cuando los dos hombres comenzaron a acercarse. Pero eso había terminado hacia la mitad de la película. Era tan real, tan cargada de sentimientos que era imposible no amarla, y aún aquellos que hacían bromas y burlas, tuvieron que silenciar sus voces insolentes. Ese amor había sido demasiado claro, y fuera de los miedos y egoísmos de los protagonistas, cosa de gente común, todos en la sala entendían que risitas, burlas y rechiflas podían conducir a dos seres humanos como esos, tan maravillosos y hermosos, que tanto se querían, a ese infierno de dolor por miedo al prejuicio, al qué dirán, a la burla o a la persecución.

 

   El joven se dice que la historia debió terminar en esa carpa, donde Jack y Ennis, contraviniendo toda la historia, decidían quedarse para siempre, acariciándose cada mañana, diciéndose que se amaban a cada hora, dejando el amor para las noches, cuando finalmente, ahíto de tanto quererlo y repetir su nombre, Ennis dormiría con una sonrisa en los labios, abrazado a su Jack. O debió terminar con el reencuentro cuatro años después. Ennis debió entender que el vacío que había en su vida y que no lo dejaba ser feliz, y que nunca lo dejaría, como tampoco haría feliz a su mujer, esa bonita y dulce Alma, sólo podía ser llenado por Jack, por ese hombre que vez tras vez, encuentro tras encuentro, le gritó de todas las formas posible que lo amaba y que ya no podía seguir viviendo sin tenerlo para siempre a su lado.

 

   Que distinto hubiera sido si Ennis cediera y entendiera, y escaparan a un rancho, a otro lugar y aceptara que dijeran lo que dijeran, sólo así lograría la paz y la dicha. Y ver la historia hasta el final le imposibilitaba imaginar que sí, que en un trailer, por cualquier rincón de Texas o Wyoming, dos hombres compartían un trailer, una cama, una mesa y una vida, ya viejos, pero no ridículos ni patéticos, porque se habían amado mucho y aún se querían, y uno miraba al otro joven y delgado, de cabellos amarillentos; y este vería en el otro al atractivo moreno de ojos azueles que fue en su juventud. Pero era sólo una película, maldita sea, le cuesta reconocer con dolor, sintiendo el ardor en los ojos otra vez. Era una obra de arte, pero ya elaborada. Ennis no iba a mandarlo todo al coño para fugarse con Jack, amándolo hasta el final de sus días. Ni Jack iba a aparecer a lomo de caballo, con su sombrero negro calado hasta los ojos, frente a la cantina donde comía Ennis, gritándole que lo amaba y llevándoselo, como en la película Reto al Destino.

 

   Sabe que es una locura, una tontería, pero imagina lo que pudo haber pasado si Ennis, al pie de aquella escalera mientras aún retenía a Jack contra sí, con el calor de su pasión, con la necesidad de tenerlo cerca, le hubiera dicho que esperara, que recogería algo de ropa y desaparecerían en la nada, lo abandonaría todo, y que Dios, las familias, la vida y los hijos los perdonaran después, pero que ya no soportaba seguir levantándose, comiendo y durmiendo como un autómata. Que necesitaba sentirse vivo otra vez, como en Brokeback Mountain, cuando sus bocas se unían, cuando podía beber su aliento y saliva, cuando podía tener su cuerpo y mirar en sus ojos el amor, la ternura y todo lo que necesitaba para estar completo otra vez. Pero Ennis tuvo miedo, de sí y de los demás. Y mientras se aleja del cine, perdido, como en medio de nubes, en una montaña alta de donde sabía que le costaría bajar, Nico lamenta todo ese dolor que a él le pareció innecesario. Esos dos pudieron ser felices.

 

   Pero Ennis dudó, como duda tanta gente a lo largo de su vida. ¡Dudas! Había gente que vivía atormentada por dudas e incertidumbres. Había quienes sentían que el día a día era una batalla, que la plaza que no se luchaba dejándola abandonada hoy, por cobardía personal, por pereza o indiferencia, mañana podría ser llorada amargamente, porque la felicidad, o simplemente la paz, no se terminaba de conseguir. Pero la mayoría no era así. La vida es grave, la vida es seria, eso había leído el joven en una historia de Agastha Christie. Hay quienes sostienen que nacemos llorando porque ya comenzamos a morir, porque la vida nunca alcanza. Nico no se engañaba, sabía que los años robaban la juventud, las fuerzas, las ganas, la lozanía de la piel, y entonces sólo quedaría lo que se vivió; y se estremece, y parpadea rápidamente, al imaginar a un viejo Ennis del Mar, arrugado, esperando que la muerte llegara al fin, como una liberación que le llevaría paz, de noche en una silla recostada en dos patas contra su fea vivienda, con la mirada perdida en el cielo estrellado y en el ayer, viendo a Jack a la rojiza luz de una hoguera, esperándolo eternamente con un amor y una entrega infinita; ¡pobre imbécil que había dejado pasar el tren de su felicidad! ¿Nadie le dijo que este no pasaba dos veces por el mismo punto?

 

   El joven esperaba, que si realmente había un Paraíso, fuera un lugar donde estuvieran todos los que fueron importante en tu vida, aquellos a quienes extrañas o los que deseas jamás dejar de ver. Uno donde un tal Jack Twist estaba esperando a Ennis, en una eterna primavera de juventud y belleza. Pero ¿y si no era así contra toda esperanza? Ahora preferiría no haber visto el film, se dice Nico, deprimido, botando aire a la noche, viendo a la gente reír, hablando amigablemente, caminando de un lugar a otro, sintiéndose extrañamente desconectado. ¿Por qué? ¿Por qué se sentía así, como fuera del mundo? ¿Por la película? Era posible. Seguramente la mujer que veía más adelante, de mediana edad, con esos tres muchachos que gritaban tanto, si se sentara a ver la película, pensaría en otra vida, en algo que no dijo o no hizo y que pudo hacer una diferencia. La gente buscaba la felicidad, o creía hacerlo, encerrándose en un modelo de vida, lo que quiere tener y lo que puede conseguir, estrellándose contra una realidad terrible. Como la maestra que asistía todo los días a su salón, a cumplir, pero que no ve a ninguno de sus alumnos interesados. O el médico oncólogo que lucha contra el cáncer a brazo partido, para salir y encontrarse al paciente fumando. Era una sensación de vacío. De futilidad. De dejación. Y él también lo padecía.

 

   Pero no quiere dejarse ganar por la depresión, su mente insiste en volver a la tienda de campaña donde Jack aguarda en una espera eterna por Ennis, a esa entrega, a ese amor que brillaba en sus pupilas (¿acaso esos dos actores…?), a esa necesidad del uno por el otro. Su mente vaga hacia el reencuentro, al beso de Ennis, temeroso aún de ser visto, pero tan urgido que vence toda su reticencia, sus prejuicios, su homofobia, para saborear nuevamente a su Jack, al Jack que tanta falta le hacía y que bajo su boca, casi parecía temblar y medio lloriquear como un niño al que le abren la puerta de la casa luego de estar afuera en la oscuridad, con miedo. Su mente vuelve a esos dos momentos, y desea amar. Desea ser amado así. Quiere que lo amen de esa forma. No quiere ser Ennis, aunque tenía mucho de él. Quisiera ser Jack, el claro, el directo, el que amaba y buscaba amor. Él quiere ser Jack, el bonito, el de los ojos enormes y azules que enamoraban, el bueno… O quiere encontrarse con un Jack... Alguien para él, alguien a quien nunca dejaría escapar. En el fondo deseaba lo que querrían todos, aunque a su corta edad creía ser el primero en entenderlo.

 

Julio César.

YA NO

YA NO

   ¿Qué pensaba al callar?

 

   Un hombre ha muerto, y no tenía aún cuarenta años. Otro calla y espera. No mira ni busca a nadie y sin embargo no parece solitario o triste en su vida sin nada. Sólo calla y espera:

 

Espero con tranquilidad en la estación de los años que se han ido; morir ya no me asusta, sé que el Cielo existe, un día lo vi en su mirada.

......

 

   Con pocas palabras, y entre muchas otras cosas, MAR DEL NORTE, tal vez, quiso decirnos esto... Pasen por su blog y lo averiguarán.

 

Julio César.

REFLEJOS

REFLEJOS

   -Te miro y en tu rostro veo mi vida.

 

   Mientras esperaba recostado de este trailer reconocí que no sabía quién era, qué esperaba o qué me haría feliz. No entendía cómo era mi vida hasta ese momento, ni siquiera sabía si estaba vivo. No conocía mi propio rostro… hasta que alcé mi huidiza mirada y me vi reflejado en tus ojos. Allí lo supe, entonces comprendí qué faltaba. ¡Eras tú! Ahora todo estaba en orden. Todo terminaba… todo comenzaba…

 

Julio César.

 

NOTA: Por problemas con la computadora, y por reuniones de urgencia de la Oposición, me retiro unos días, tal vez unos cuantos. También me servirá para hacer un balance, creo que estoy llevando muchos blogs (más de dos, no digo más), y eso dispersa el trabajo de hablar mal de mis enemigos. Y en verdad no hay forma de saber si alguien lee aquí. En fin, ya nos leemos, chao.

DESPEDIDA

DESPEDIDA

   En mis labios una sonrisa, en mi corazón una herida.

 

   Ve en paz, una que yo no tendré. Para conocerte bastó un instante, decirte hola llevó un minuto, decirte adiós me tomará toda la vida.

 

Julio César.