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COMENTANDO

CADA DÍA MÁS LIMITADOS

CADA DÍA MÁS LIMITADOS

   -Desespero porque quiero…

 

   Hace poco, muy poco es verdad, leí en una revista que a la actriz Teri Hatcher, la Susan Mayer, de la serie MUJERES DESESPERADAS, la tenían vetada o en una lista de gente no querida en Filipinas. Me pregunté, vaya, ¿qué hizo? Leí para no cometer ese error. Al parecer en un capítulo de la dichosa serie que me parece angustiante, en un consultorio médico, sufriendo de calorones y vainas, un doctor la examinaba y le insinuó que podía ser la menopausia. Molesta ante esa evidencia de vejez y decadencia, como pareció entenderlo ella (tengo amigas que están locas por terminar de menstruar), le preguntó qué clase de médico era, que deseaba ver sus títulos, preguntándole dónde se graduó, ¿en Filipinas?

 

   Eso bastó para que cayera en la mala. Es de suponer que los filipinos, dentro y fuera de Estados Unidos, deberían molestarse con los guionistas, pero eso no es tan chévere. Es mejor odiarla a ella que es una figura pública conocida y medio famosa, a detestar a Pito Pérez, el escritor, a quien sólo conoce su mamá y eso porque no lo olvida ya que aún vive con ella (¿ven que fácil es lanzar una generalidad ofensiva?). ¿Pueden imaginar a un filipino en la calle diciéndote: Estoy molesto con Pito Pérez? Uno debe, obligatoriamente para saber de qué habla (a menos que uno pretenda saber ya porque no te interesa para nada): ¿Y quién carajos es Pito Pérez?

 

   Claro que esta es una individualidad, Teri Hatcher contra Filipinas, o los filipinos contra ella; pero la cosa se generaliza. Leí que algunas cadenas debían cambiar sus programas porque la aparición de un personaje actuando como un retrasado, era ofensivo para este o aquel grupo; que palabras como gordo, negro, judío, ha intentado penalizarse socialmente. Llamar gordinflón a alguien es un acto casi vergonzoso que delata bajeza. Poco a poco la gente va limitándose en su forma de hablar, o debe buscar largos eufemismos para decir la misma cosa. ¿De verdad una persona puede sentirse ofendida porque en un programa informativo usen la frase “la población negra protesta contra…”, en lugar de “la población afro descendiente”? Suena tan idiota. Pero así son las cosas. Y como las costumbres permean, no sería raro que en zona como estas nos alcance tal moda tarde o temprano. Aparentemente a los norteamericanos les gustan esas sutilezas de odio, de resentimientos; lógicamente hablar entre ellos se dificulta, y se dificultará más en el futuro. Por estos lados no es un delito todavía decir negro, gordo, portugués, retrasado o evangélico; pero es que, para resumir pensando en los norteamericanos, como decimos por aquí y que no se ofendan ellos que son tan propensos a eso: no hay nada más bruto que un buey americano.

 

Julio César.

LOS SUPER VILLANOS

LOS SUPER VILLANOS

   -Jamás estarán a salvo…

 

   Las aguas vuelven a sus causes. Caído el mundo comunista, el mundo libre echaba en falta al gran enemigo, al horrible y peligroso ser que amenazaba la democracia, la libertad, la belleza y… el comer hamburguesas, me imagino; algo que es realmente delicioso, (ahí pierden puntos los enemigos de los Estados Unidos, criticándola, todos la aman aunque renieguen de ella). Los comunistas habían perecido por corruptos, represores y autoritarios… o eso fue lo que se le dijo a la gente; la verdad es que un sistema político donde se homogeniza el pensamiento, donde se busca la medianía en la conducta, tirando a la mediocridad, no puede hacerle frente a naciones donde se incentiva la competencia, la investigación y donde se premia al sujeto que ‘inventa’. Pero al desaparecer, el mundo miró con recelos a Estados Unidos, ahora la única súper potencia (eso volvió loco a Chávez), el gigante que sonreía pero siempre llevaba presto el garrote para aplicarlo donde hiciera falta, es decir, donde ellos dijeran que debía caer. Pero en el fondo, los gobiernos necesitaban ese algo que aglutinaba a la gente a su alrededor, que les hiciera creer lo que dijeran: que había estrechez, crisis inmobiliaria o recesión, porque el siniestro, inteligente y despreciable súper villano estaba tramando el fin de Occidente. No había con qué meterle el miedo a la gente en el cuerpo para que se comportaran, resistieran y callaran.

 

   Eso cambió en una fecha tan conocida como trágica, el 11 de septiembre de 2001; ese día amanecimos de repente enfrentados a la realidad de seres totalmente inescrupulosos que eran capaces de lanzar a otros a la muerte para gloria de ellos. El asunto de los aviones secuestrados y lanzados en ataques suicidas a mí me pareció realmente grave y revelador, esos aparatos iban llenos de personas, pero eso no importó a la hora de estrellarlos contra las Torres. Me dije, “si hicieron eso, ¿qué les impediría hacer estallar armas nucleares en Madrid, la plaza de San Pedro o en La Meca misma si las tienen?”. Entendí que los Estados Unidos debía ir a la guerra, era de lógica, ¿qué país sobrevive a semejante ataque si no responde? Tanto fue el impacto recibido esa mañana que los norteamericanos se arremolinaron al rededor de la figura presidencial, el antipático y desagradable señor Bush hijo. El tiempo lo ameritaba. Luego comenzó un periodo extraño donde se intentó elevar a los talibanes a la categoría de súper villanos. Al principio la cosa resultó, el recuerdo del ataque, las amenazas de nuevos atentados, las decapitaciones y demás, aterrorizaron al mundo… hasta que se dieron cuenta de que tras los videos lo que había era un sol implacable, arena y mierda de camellos.

 

   Osama Bin Ladem, oculto como cachicamo, con esos videos viejos, mal editados, con esas letricas imposibles de leer, no daba la talla. Se estaba en presencia de un vagabundo, de uno de los peores, con plata para comprar armas y sin la decencia de matarse él mismo en un ataque sino enviando a los bolsas; pero fuera de eso no era nada. Ese país, Afganistán, era pobre de solemnidad y aunque el señor Osama era, se aseguró, un hombre muy rico, de bien poco les valió. El ataque a Afganistán y luego a Irak, sin que se encontraran las míticas armas de destrucción masiva (y aclaro que no siento ningún pesar por el régimen caído del señor Sadam Hussein, ni por su suerte), dejó muy mal parados a los fabricantes de estrellas. La gente se preguntaba: ¿Y las súper armas? No las había. Repito, sólo arena y sequedad, no había ejércitos multitudinarios, ni misiles con cabezas nucleares, ni satélites amenazantes, ni armas tan extrañas como sofisticadas, sólo bocones que gritaban que harían y harían y nada hicieron.

 

   Lo de Irak es patético, mientras el noventa por ciento aspira vivir libremente,  en paz, intentando adoptar un sistema político democrático, un pequeño grupo pone bombas, mata gente y grita que quiere lo mejor para su país y que se vayan los invasores. Lo curioso es que muchas personas parecen darle tanto peso a lo que desea el noventa por ciento como a lo que dice este montoncito; me parece que en eso se dejan llevar por el primitivo odio tribal contra Norteamérica, nación a la que toda persona menos capaz debe odiar, necesariamente, para sentirse mejor por toda la eternidad. Estos grupitos se comportan como las FARC, aunque estas ya ni decir que actúan en nombre de Colombia, quien les ha hecho bastante el fo, pueden.

 

   Pero cuando nos habíamos ido quedando sin miedos (y uno no sabe si fabricado también, o justamente por eso), aparece Rusia nuevamente en escena. La otrora súper potencia, la muralla roja, ese lugar dantesco de donde surgían los peores planes contra Occidente. El señor Putin, creyéndose más un zar que un premier, mueve al país a su antojo, igual que al gobierno títere que puso al frente. La guerra contra Georgia fue un claro maullido para darle a entender a Occidente, la OTAN y Estados Unidos, que aún están ahí y pueden arrecharse si los jorungan mucho. En repuesta a la ampliación del Tratado del Atlántico Norte, que aspira colocar misiles en la propia Polonia, a pata de mingo, Rusia responde con esto, sabiendo que Estados Unidos haría muy poco para frenarlos. Por un lado privan los intereses económicos, por el otro deben actuar con cautela, Rusia no es Afganistán o Irak, pueden tener armas desconocidas, por difícil de creer que sea en este mundo tan ‘espiado’.

 

   Como sea, el señor Putin es una figura más atractiva para encarnar a un genio del mal, a la Mente Maestra; el verdadero Fu Manchú. Uno puede imaginarlo, con un largo y oscuro sobretodo que más parece una capa ondeando a sus espaldas, abordando un trasbordador y saliendo del planeta, reuniéndose con los chinos, que visten coloridos kimonos, con sus manos ocultas bajo las mangas, en una estación espacial, de la cual se desarmaría la mitad, apareciendo un largo cañón, ¡el rayo de la muerte!, que apuntaría al Oeste. Es fácil entender por qué esto resulta más llamativo. Y nosotros, la gente común, quedamos donde comenzamos hace sesenta años, aunque ahora Rusia sea más bulla que cabuya.

 

Julio César.

ZAPE CON LA SACAROSA

ZAPE CON LA SACAROSA

   Por razones que no vienen al cuento, pero que pueden resumirse en muchas salidas con buena mesa, mejor bebida y poco ejercicio, me he visto obligado a enfrentar la dura realidad… sigo creciendo. Técnicamente ya no estoy en edad de continuar el crecimiento óseo, se trata más bien del otro, de ese que te hace sudar por más de un motivo a la hora de salir a la calle, y compruebas que pasas de un pantalón a otro sintiéndote presionado por la realidad. Cuando no imposibilitado de entrar en ella. Odio hacer dientas (Dios, qué sufrimiento), mi único ejercicio, fuera de nadar todo lo que pueda en el mar, cosa que me encanta, es la bicicleta, pero no es tan fácil como parece subir en ella en una ciudad como Caracas, o cuando se está falto de ánimos. Uno vive para trabajar, de pasar el ajetreo de las colas, el tráfico, las llegadas ajustadas de horario. Uno termina sin fuerzas, agotado, y si bajas la mirada y notas la panza que comienza a asomarse, se completa el cuadro.

 

   Como dije, odio las dietas, por lo que pensé en poner en práctica las viejas mañas que me enseñó una amiga con la que…, (dejemos eso así), y comencé a comer manzanas, sustituir pastas y panes con arroz, consumir cantidades grandes de cotufas, que engañan el hambre y dejan la panza llena pero aparentemente no engordan, y… casi nada más. Odio comer sancochado (eso no es comer), los vegetales los miro con suspicacia (eso come la vaca antes de que la comamos a ella, por lo que la vaca sí tiene la culpa), por lo que intento reducir lo dulce. Fue cuando, como suele ocurrir, encontré un articulo al respecto. Sabrán que Alicia, una amiga, me hacía consumir esa basurita, aunque era dulce en verdad.

 

   La columna es de Eduardo Riveros, articulista bajo el nombre de La Arrechera Cotidiana, en EL NUEVO PAÍS, aquí va:

 

   Ya no hay seriedad. No me refiero al Gobierno, que nunca la tuvo. Sino a la Sacarina que, ahora, se descubrió que en lugar de ayudar a adelgazar, engorda. O sea que esas cajitas que llevaban las señoras y algunos caballeros y que dispensaban las grageas de esa pócima milagrosa, no sirve para nada. Repito, no estoy hablando del régimen chavista. Y los estudios que científicos norteamericanos hicieron en ratones, demuestran la nulidad de todos los edulcorantes. El cuerpo, explican, se siente desorientado y en lugar de adelgazar aumenta la grasa. Ellos comprobaron que los animales alimentados con azucares artificiales ganaron más peso, manteca, y calorías que los nutridos con glucosa, que es un azúcar natural.

 

   El problema es que la Sacarina se viene consumiendo desde hace añales. Fue descubierta en 1879 por Iza Remsen y Constantine Fahlburg. Un año antes había sido sintetizada; proviene de restos de cerdos o de un derivado de carbón mineral. Es vario cientos de veces más dulce que la glucosa. Inicialmente se usó en medicina cuando el consumo de azúcar estaba contraindicado. Posteriormente fue llevado a los productos de pastelería, bebidas, yogures y elaboraciones para diabéticos. Finalmente llegó como panacea en las campañas contra la obesidad. Empero, desde sus comienzos fue atacada; primero por la competencia que le hacía al azúcar y luego, años 70, por provocar cáncer en la vejiga en los roedores. Esto se debe a la alta cantidad de sodio que contiene la Sacarina.

 

   Estos riesgos, que no se comprobaron en humanos, determinaron que, por ejemplo en Canadá, el uso de la Sacarina esté prohibido. En los Estados Unidos se trató de llegar a lo mismo, 1977, pero no prosperó en parte por las campañas de las empresas afectadas y por grupos de diabéticos que defendían su consumo. Sólo se advierte su presencia en las etiquetas de los artículos que la contienen. Esto me recuerda un chiste aparecido en el New Yorker. Conversaban dos hombres de las cavernas y uno dice: “Algo anda mal; nuestro aire es limpio, el agua pura, hacemos un montón de ejercicios, comemos alimentos orgánicos, no contaminamos, y sin embargo nuestro promedio de vida no pasa de los 30 años”. Nada que hacer. Así es la rutina humana.

……

 

   ¡Vaya con la Sacarina! Uno casi podría perdonarle que, contrario a lo que prometía y pregonaba (como una mala amante), no ayude a adelgazar sino a juntar grasita; después de todo no “introducía” azúcar al organismo, lo que es bueno en verdad para los diabéticos; pero lo del cáncer de vejiga… hummm, eso no es tan fácil de dejarlo pasar. Y pensar que también yo consumí esa porquería llevado por modas tontas. Es como dice mi señora madre: No quieres engordar, cierra el pico.

 

Julio César.