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DESAFÍO

DESAFÍO

   Sí, soy un tío maduro y uso mis tangas, ¿y qué? ¿No te gusta?

 

Julio César.

EL NEGOCITO

EL NEGOCITO

   Lo tiene bueno, barato y bonito…

 

   Nada. En la vidriera enmarcada en colores oscuros no había ningún objeto, ninguna cosa que permitiera descifrar mejor aquel cartel: caballero, pase, descubra y lleve nuestro fascinante y excitante producto. Eso rezaba. Llamativo, exótico. Ambiguo. Los hombre, jóvenes y los no tanto, que se detenían y miraban, sentían la curiosidad correr por sus venas: pornografía, sólo podía tratarse de eso. Y tragaban saliva como los perros de Pavlov. Tan convencidos estaban que al acercarse alguna mujer por el pasillo del Centro Comercial escapaban casi a la carrera, como si temieran verse sorprendidos pagando a una trabajadora de la calle, y con moneditas. Generalmente la mujer que  pasaba miraba el cartel, enfurruñaba la cara, también creía era pornografía y miraba al prófugo intentando descubrir quién era para denunciarlo.

 

   Sin embargo, algunos entraban picados por la curiosidad. El lugar era pequeño, tal vez un metro y medio de ancho, por dos de largo ya que una barra alta limitaba el espacio. Detrás había una cortina, cerrada, que atrapaba las miradas calenturientas y desataba las imaginaciones (aunque todas iban camino a la bragueta, sin mucha originalidad), ¿qué habría allí, detrás de esas telas baratas de cuadritos?: pornografía, mucha, nueva y desconcertante pornografía, era la respuesta excitante y embriagadora. Incluso había quienes pensaban, los más desatados, en algún tipo de lugar donde hermosa chicas… La imagen quedaba corroborada por dos detalles. Uno era el vendedor, un joven delgado de sonrisa enigmática, agradable, atractivo a su manera, una que era ambigua también; la clase de sujeto que vende porno y no causa inquietud (o favores sexuales, pensaba mas de uno con ciertas cosquillas). El segundo detalle eran las fotografías en las paredes laterales.

 

   Eran de chicas jóvenes, increíblemente pechugonas y cubiertas por mínimas tiritas por sostén, que invitaban a hacer preguntas: ¿Cómo se sostenían? ¿Por qué no reventaban? Las miradas de las chicas eran empañadas, sugerentes, anhelantes, como la de modelos profesionales, esas pobres muchachas muertas de hambre que parecen venir de veranear en Somalia y que se encontraran de pronto ante una hamburguesa con todo, caliente y olorosa. Las otras eran de tipos jóvenes, mazacotudos, lampiños y de miradas que intentaban ser virilmente masculinas, pero que difícilmente hubieran atraído la atención de las mujeres, inquietando únicamente a algunos tipos.

 

   -¿Dígame, señor? –pregunta el joven, cortando al cliente, ¿qué iba a decir?

 

   -Eh, yo, pasé para ver qué había.

 

   -¿Sí…? –y lo mira fijamente, haciéndolo sudar.

 

   -Si, me preguntaba… ¿qué venden aquí? –se lanza de sopetón, ¡ahora sabría!

 

   -¿Usted qué buscaba? ¿Qué desea encontrar? –responde el chico y lo desconcierta y asusta.

 

   -Yo, no lo sé, ¿qué venden…? –insiste, algo histérico, sintiéndose molesto también.

 

   -Satisfacción. –responde con una sonrisa tonta, amistosa, como si explicara todo, y no explicaba un coño.- ¿Le interesa?

 

   -No lo sé… -angustiado, presintiéndose atrapado en algún macabro juego, insiste.- Cuando dices satisfacción… -se corta y acalora, está molesto y curioso, desea irse, seguro de haberse equivocado, pero atado también. Allí debía haber algo inimaginable, bueno, sorprendente y único (porno del duro).

 

   -Eso. Satisfacción. –repite el joven algo impaciente por primera vez, mirando elocuente su reloj.- ¿Le interesa o…? –y el otro se atraganta, quiere preguntar qué carajo es lo que tienen, pero no se anima.

 

   -Bueno… -capitula.

 

   Lo mira sonreír y entrar a la trastienda. El chico vuelve casi en seguida con una caja grandecita, aparentemente pesada. ¿Alguna muñeca? ¿Una caja de DVDs? ¿Algún libro? ¿Tal vez… (y tiembla de fiebre) algún juguetito exótico? El muchacho tiende la caja en la barra, al tiempo que otra persona, una mujer, sale de detrás de la cortina. El joven saca un libro hermoso, grueso, de apariencia muy costosa.

 

   -Esta es nuestra mejor obra. Una Sagrada Biblia finamente encuadernada, para que aproveche sus momentos de ocio y soledad, ilustrada para que los muchachos la disfruten, y tiene hojas en blanco para que trace su árbol genealógico. Será la Biblia familiar, ¿no es hermosa, madre Teresa?

 

   -Así es, hijo mío… -responde la monja sonriente, pero mirando al cliente con ojos de halcón.- ¿Se lleva esta sola o desea dos o tres más, para sus amistades?

……

 

   Si yo tuviera dinero para botar, montaría un negocito así por una semana, tan sólo para molestar. De hecho pensé en titularlo: TRAMPA PARA TURISTAS; pero habría sido muy obvio, ¿verdad?

 

Julio César.

 

NOTA: Este es parte de una pequeña colección de relatos similares, que llamo DIVAGANCIAS, por lo tanto, y para no darme mala vida, usaré esta fotografía que tanto me gusta, por todo lo que muestra… a una buena persona.

SIEMPRE DUELEN ESAS DESPEDIDAS

SIEMPRE DUELEN ESAS DESPEDIDAS

   Te tuve y te perdí, ¿qué otra cosa puedo hacer?

 

   Tengo que despedirme para siempre, aunque toda la vida siga pensando en ti, teniéndote a mi lado en mis recuerdos. No habrás partido totalmente mientras yo viva. Luego no importará porque dormiré en la esperanza de despertar un día y volver a verte. Duro será esperar, hermoso y triste recordarte, pero confío…

 

Julio César.

TRUCOS PUBLICITARIOS

TRUCOS PUBLICITARIOS

   Uno de los jóvenes dueños del nuevo gimnasio echó a correr por el parque entregando papelitos de propaganda y llamando a los tipos que por ahí pasaban. Y parecía resultar, el muchacho parecía conocer las palabras adecuadas, había un gentío que no le quitaba los ojos de encima… para saber más sobre las virtudes del ejercicio y del establecimiento. A quien Dios se lo da…

 

Julio César.

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

   Hace poco una amiga mía pasó por una experiencia terrible. Mientras llevaba al hijo, un travieso chicuelo de ocho años, al colegio, fue interceptada por unos motorizados que le apuntaron con un arma y la secuestraron con todo y muchacho. Los ruletearon, sacaron dinero del cajero automático y se llevaron el carro, dejándolos abandonados (gracias a Dios) en una carretera secundaria a las afueras de Caracas. Antes, ella les lloró y gritó que la dejaran bajar del carro con su muchacho, o que al menos dejaran al niño en alguna esquina. Tuvo suerte, al final la dejaron ir sólo con un susto mortal, sin carro y con un muchacho que lloraba histéricamente. Fuera de eso, nada más. Una gente se detuvo y la auxiliaron, aunque ella me contó que cuando el carro frenó frente a ellos, el niño comenzó a llorar otra vez, asustado, tal vez pesando que habían regresado los malandros o que eran otros parecidos. Mientras me lo contaba, Mercedes, mi amiga, lloraba de nuevo, diciéndome que tuvo mucho miedo, no de que abusaran de ella, sino de que tocaran al niño malamente, o los asesinaran. O la dejaran a ella y se llevaran al niño para pedir rescate o algo así. Para terminar su relato, soltó una frase que a mí me dejó pensativo, porque revivió un viejo dolor que ya había olvidado:

 

   -Al menos no nos pasó como a los Faddoul.

 

   El día 23 de febrero del 2006, a las seis de la mañana, tres muchachos, los Faddoul Diab, Bryan (el mayor), Kevin (de 14 años, con una leve parálisis motora) y Jason (el menor, ángel guardián de Kevin a quien ayudaba con su problema para caminar), salieron de su casa en la caraqueña urbanización Bella Vista rumbo al colegio, conducidos por el señor Miguel Rivas (con años de servicios con ellos, donde se había ganado un puesto de confianza con la familia). Todo parecía de lo más corriente hasta que el carro fue interceptado por una falsa acábala, donde habían oficiales de las llamadas fuerzas del orden, y todos fueron secuestrados. Hasta ese punto, nadie le prestó mayor atención como no fuera ante el desastre de tres hermanitos secuestrados al mismo tiempo, de los cuales uno tenía un leve retraso físico. Sin embargo, era sólo un caso más dentro de un país sitiado por delincuentes. Sólo un delito más, otro secuestro.

 

   Venezuela es un país rumorero, nos encanta un chisme, y ya por ahí se decía que un familiar de los Faddoul estaba implicado en el secuestro. Falso. Se dijo que el chofer, el señor Rivas, era cómplice. Totalmente falso. Lo único cierto era lo que vecinos y compañeros de estudios de los muchachos decían, que eran buenas personas, y que en la fulana alcabala habían policías de verdad. Dato que no fue investigado hasta que fue demasiado tarde. Lamentablemente, en el país, policías, fiscales y jueces sólo persiguen a la gente que es atacada o señalada por el Presidente de lo que antes era la República desde sus peroratas interminables e inútiles, en especial periodistas y medios de comunicación. Para todo lo demás, no hay tiempo. Que cada quien se salve como pueda.

 

   El tiempo pasaba, la familia hacía llamados para que los regresaran, los compañeros de estudios hacían marchas pidiendo la libertad de los Faddoul y del señor Rivas; se rezaban misas, se hacían vigilias, y en todo ese tiempo se establecían los contactos para pagar y recuperarlos. Hasta ese momento, nada extraño; una gente con real había sido atacada, se llevaron a los hijos, se pagaría una cantidad horrible de dinero y ya volverían. Todo como siempre. Pero no fue así.

 

   Recuerdo bien esa noche del martes 4 de abril de ese mismo año; estaba yo en el apartamento de un hermano usando su computadora, cuando me paré un rato y fui a buscar algo, no recuerdo qué, y lo vi sentado en su cama, mientras veía Globovisión, el canal de noticias todo el día, mientras revisaba unos exámenes de sus alumnos, y me dijo con voz estrangulada que habían aparecido cuatro cadáveres en un botadero de basura en El Lechosal, en San Antonio de Yare. No caí en cuenta de lo que eso podía significar, y sólo solté un ¿si?, de indiferencia. Muere tanta gente en Venezuela a manos del hampa y la violencia desatada, muchas veces justificada desde los organismos e instituciones que debían controlarla, que ya uno ni se sorprende.

 

   -Si, parece que son los niños Faddoul. –dijo, grave.

 

   ¡Coño! Sentí una vaina fea por dentro. Dios, ¡no podía ser! ¡Mataron a los niños secuestrados! Era imposible de creer. Y uno todavía tenía la esperanza de que no fueran ellos, como que si de tratarse de otros, la cosa fuera menos terrible. Pero lo cierto es que uno lo sentía así. Porque eran tres hermanitos, eran sólo muchachos, y eran los tres hijos de una señora (y de un señor, pero Venezuela es un país marcadamente matriarcal) que iba a saber y encontrarse con que sus niños ya jamás volverían, que ahora si habían desaparecido para siempre; y pensar en eso, ponía la carne de gallina. Creo que esa noche todo el mundo siguió las noticias. Decían que llevaban más de cuarenta y ocho horas muertos, que si estaban vestidos con sus uniformes de colegio y que estaban caídos en fila, con un disparo en la sien y rematados con tiros en la nuca, tipo ejecución. Después comenzaron las noticias más escabrosas, los detalles más siniestros: que si los habían torturado, que si tenían marcas de quemadas de cigarrillo, de golpes. Que estaban desnutridos; y lo peor, que en la zona habían circulado rumores desde hacía semanas de que por ahí andaban esos muchachos, y ninguna autoridad hizo nada por buscarlos.

 

   Al día siguiente todo fue un pandemonium, la población estaba como enloquecida de rabia, de dolor, de espanto. En las urbanizaciones y las barriadas populares la gente comenzó a salir, a reunirse, a comentar entre ellos tanto horror. Y se protestaba y se gritaba. ¡Cómo había personas llorando en las calles! Todos exigían justicia y seguridad. Pero sobretodo, declaraban su arrechera, su impotencia y dolor ante un crimen tan terrible, monstruoso e innecesario. Recuerdo que ese día quedé atrapado en una cola gigantesca que duró horas, porque muchas avenidas estaban trancadas con la gente que gritaba contra la violencia que se exacerbaba desde tribunas públicas por dirigentes delirantes que justificaban el crimen como medio para subsistir en lugar de crear fuentes de empleo y mandar a todos a trabajar como gente decente; y uno no podía molestarse con esa demora, el crimen había sido demasiado feo. Todo el mundo lo entendía.

 

   Recuerdo que la conmoción duró semanas, aderezado con los cuentos de boca a boca, donde se decía que la mamá de los niños se había vuelto loca ante la vista de los cadáveres. Otros decían que había intentado suicidarse, y, aseguraban otros, que ya había muerto. La doña demostró tener una tenacidad y un temperamento de acero, desconcertante para nuestra naturaleza más llorona y emotiva, extrañamente resignada ante su perdida y dolor, tal vez dado sus antecedentes, una libanesa, y la gente de esos lados tiene que ser dura para subsistir entre la esperanza y la violencia de la zona y su historia. El caso es que a los días, hablándolo nuevamente del tema en mi sitio de trabajo, algunos comentaban que la cosa ya estaba durando mucho, que se usaba para atacar al Gobierno y cosas así. Recuerdo que me molesté y les dije que a mí me había parecido una desgracia terrible y pasé a contar por qué, cosa que explica la noche tan mala que había pasado ese martes.

 

   Yo lo veía así: los captores habían demostrado ser brutales dado las huellas de golpes y quemaduras, de tortura física y mental. Durante todo el tiempo de cautiverio esos niños debieron sufrir mucho, no sólo por estar retenidos, sino al saberse a merced de gente capaz de herir con golpes y quemaduras, y que niños al fin tal vez lloraban y suplicaban que los dejaran ir, que no le dirían nada a nadie. Seguramente les respondían que si, que todo se solucionaría, que los liberarían. O lo arreglaban todo golpeándolos más. Y ese día, cuando los sacaron de donde estuvieron, tal vez los cuatro pensaron que la pesadilla iba a terminar. Pero imagino que el chofer, el señor Rivas, siendo más viejo, y Bryan, el mayor, al entrar al vertedero de basura (qué conveniente, qué simbólico) debieron imaginar por dónde venían los tiros, porque todos en este país saben para qué se utilizan ciertos lugares. Y debieron tener miedo, mucho miedo, porque la muerte no es algo que se pueda afrontar con frialdad cuando se tiene niños pequeños como el señor Miguel Rivas, o cuando se es sólo muchacho. Debieron suplicar que no los mataran, que, por favor no les hicieran nada; debieron, tal vez el muchacho, Bryan, llorar y pedir que los dejaran ir. Sé que es idiota, irreal y morboso pensar en eso, pero no puedo dejar de imaginar que el muchacho, tal vez,  pidió por sus hermanitos, para que dejaran ir a Kevin y a Jason.

 

   Cuando los obligaron a arrodillarse en fila, ya todo estaba dicho; para ese momento hasta los menores debieron saber lo que pasaría. Imagino que en ese momento comenzaron a llorar desconsoladamente, mucho, de miedo, y que llamaron a su mamá, el último recurso que les quedaba en medio del miedo y la impotencia. Porque a aún a los catorce, y sobretodo cuando se tiene menos, la mamá es más grande y poderosa que Dios mismo. La madre es la que puede detener el sol en su orbita y  la tierra en su eje, vencer miedos y temores, la que acaba con los monstruos y no deja que nos ocurra nada malo. Los niños debieron llamar a su mamá en esos momentos, pero de nada les sirvió esa vez la mágica palabra. Uno de los monstruos se colocó tras ellos. Pum, y cayó el primero, con el cráneo destrozado, sangrando, tal vez sin gritos o lamentos. Y en este punto quiero suponer que ya estaban tan aterrados que habían caído en shock, que no vieron al que temblaba agonizando en el suelo, ni sintieron miedo, ni dolor cuando le tocó el turno a cada uno, y que todo pasó rápidamente.

 

   ¿Cuánto pudieron tardar en destruir a todas esas personas, todas esas vidas, todas esas promesas? Mientras les contaba lo que había pensado esa noche, con mil preguntas más, una de mis jefas chilló que me callara, que ya no siguiera. Tenía los ojos enrojecidos, pero eso era lo único que nos quedaba a todos. Dolor, rabia e impotencia. Jamás he podido pensar en los niños Faddoul, y en el señor Rivas, sin imaginar todo ese drama. ¿Cómo puede alguien hacer algo como eso sin sentir pena o remordimientos? ¿Acaso esas caras, esos gritos, ese llanto y suplicas no los persiguen para toda la vida obligándolos a vivir encerrados en el infierno que se construyeron a placer?

 

   A los delincuentes materiales los atraparon, y si esto fuera Norteamérica, al menos quedaría el consuelo de que serían condenados a muerte, y que ya no tendrán jamás la oportunidad de escapar y repetir la hazaña. Me han dicho que hay quienes sostienen que la pena de muerte es cruel e inhumana; pero supongo que eso sólo ocurre cuando se aplica a seres humanos, no a perros rabiosos. Dicen que hay quienes creen que no es justo que quien pasa veinte años luchando por su libertad, que se arrepiente y cambia de vida, al final muera. No lo sé, debe ser porque nací en un país del llamado Tercer Mundo, pero a mí me parece que sólo los delincuentes que detienen, encierran y condenan, se arrepienten, se vuelven evangélicos o escriben libros de ayuda para jóvenes. Nunca ocurre que un malandro vaya a una estación policial, llorando y diga: maté a tantos, deténganme que estoy arrepentido y no quiero hacerlo más. Siempre me ha parecido, no sé, que Dios me perdone por pensar mal de esos pobre asesinos, que es como un cuento para ver si engañan a la justicia. No es arrepentimiento real, sino miedo al castigo.

 

   Claro, si alguna de las víctima, en este caso los niños Faddoul, regresa un día a su casa y le dice a la mamá, mira, me vine porque te extrañaba, yo mejor me quedo aquí; o si el señor Rivas se presenta, quince años más tarde, en el matrimonio de uno de sus hijos, sonriendo feliz, comiendo y bebiendo con ellos en ese día tan especial… entonces, tal vez, se podría reconsiderar la pena de muerte. Pero al parecer los muertos, muertos se quedan; al menos en este país, no sé en otros. Ya no pueden conocer a gente nueva, comer algo delicioso, reír con sus seres amados, enamorarse, o sufrir, o llorar por alguien que se les va, o estudiar una carrera, visitar mundo, viajar a otro país y conocer a alguien increíble y tener algo bueno. Al parecer no se casarán, no visitaran a sus padres en un hospital, no acompañaran al papá viejo, al final de sus días, haciéndole la vida más fácil. No, muertos están, y no sé si será por tercermundista, pero entre las víctimas y sus asesinos, prefiero a las víctimas. ¿Qué son productos del medio, de la violencia e injusticias? Más del sesenta por ciento de toda la población mundial podría caer bajo esta categoría; hay personas que tienen vidas duras y terribles, y son gente normal, personas decentes, y muchos hasta ayudan a otros para superar esos momentos. No, ser un delincuente, un asesino, es una dedición personal; detenerse frente a una persona indefensa, desarmada y matarla, robándole todo lo que era y pudo llegar a ser no es un mandato divino ni una obligación, no es un deber sagrado, es una decisión. Esa persona es responsable de sí, y como tal, debe responder, a pesar de quienes desean protegerlo y mimarlo movidos como están por un atrofiado instinto de supervivencia para con la sociedad, respondiendo a una atrofiada laxitud moral contra la que tanto previno el viejo Papa polaco.

 

   Que descansen en paz Bryan, Kevin y Jason Faddoul Diab; así como ese hombre humilde y decente, el señor Miguel Rivas.

 

Julio César.

TIENEN TIEMPO PARA TODO EN UN DÍA

TIENEN TIEMPO PARA TODO EN UN DÍA

   Favor, no estorbar…

 

   Como hombre que actualmente vive solo, que da gracias al Cielo porque existe el microondas y la comida para llevar o pedirla, con una madre lo suficientemente alcahueta como para ocuparse todavía de mis ropas a la hora de lavarla, no puedo más que admirarme de la energía de las mujeres. Dios, ¿cómo pueden hacer tanto en un día? No soy particularmente flojo, no más que muchos a los que conozco; tuve un amigo que se fue de la casa de los padre para la de lo suegros (pobre gente) y la mujer y él eran tan cumbres que no colocaban sábanas sobre el colchón donde dormían para no tener que tenderlas. Sí, sé que suena extremoso, pero así era. Tampoco la muchacha servía para mucho, pero era una carajita floja de esas a las que la mamá le lavaba hasta la ropa interior.

 

   Cuando vivía con Alicia, que primero fue amiga antes que pareja, ante de dejarme (ah, que aliviado me sentí, pero eso no duró, cómo la perseguí después), me admiraba algo que ya había observado en mis hermanas. No era de las que simplemente pasaban una escoba por la casa, no, también un trapo húmedo para recoger pelusas; sacudía con trapos húmedos muebles y estantes; bañaba de cloro el baño cada día; lavaba cerros y cerros de ropas, con parte del agua jabonosa lavaba los baños y remataban el día coleteando los pisos de arriba abajo. No sólo eso, mientras esperaba que la lavadora hiciera su trabajo, cortaba vegetales, montaba más café, sacaba cuanto perol había en los gabinetes y aseaba la nevera. Yo me preguntaba, ¿cómo coño?

 

   Estando a solas, lavar los baños me lleva un día, a veces dos. Planchar una camisa es una tortura, se alisa una manga y esta se arruga mientras se atiende la otra, y si no se tiene cuidado uno le pisa un faldón en el suelo (ahora lo hago descalzo). Preparar cualquier tontería en la cocina me lleva tanto tiempo y da tanto trabajo, que a veces lo dejo así. Y no es nada, aunque no cocine nada en aceite, este se las ingenia para aparecer y mojar todo, y para freír un simple huevo parece que ensucio media cocina.

 

   Alicia y yo no tuvimos hijos, cosa que también lamento ahora, pero me imagino que la mujer promedio debe ser así: despertar primero que todos, montar el café mientras cepilla sus dientes, ocupándose de que todas las ropas estén a punto, llamando a todo el mundo, dar de comida, vigilar que los muchachos estén listos para la escuela, asear antes de salir (Alicia le aterraba dejar corotos sucios y que fuera a aparecerse mi mamá), dedicarse a ella y salir a laborar en este mundo no sólo competitivo, donde la mujer ha ido desplazando al hombre de tantos cargos de autoridad y responsabilidad, sino por necesidades económicas. Es la mujer quien piensa en el futuro, el de los hijos y el propio, la que teme no halla dinero para médicos o medicina si hacen falta. Planea el colegio, las vacaciones y la compra de ropas para los muchachos con meses de anticipación; lleva en su cabeza una agenda de deberes y haberes. Llega y se apresta a prepararlo todo, y todavía de noches tiene tiempo para oír, conversar y hasta ser cariñosa.

 

   Realmente no me explico cómo lo hacen, tienen tiempo para calmar las rabias, frustraciones y temores del marido que piensa que todo va mal, no se le valora en el trabajo o teme el fin de mes por la cantidad de giros atrasados; saca tiempo para detectar, como el campesino que adivina en la intensidad de la luz solar si la tormenta llega, cuando los muchachos tienen un problema, y van, y oyen y entienden; y calman miedos infantiles y juveniles aunque deban soportar gritos y malacrianzas. Tal vez se deba a que vengo de una familia numerosa donde las mujeres son así, trabajadoras, con una madre centro de nuestras vidas, con mi papá a su lado, como el compañero y proveedor no amenazantes, que no puedo entender que halla quienes lastiman, golpean, vejan y atormentan a sus mujeres.

 

   Debe ser que en el fondo no las quieren en verdad, porque aquello de que celos es amor puede ser, es lindo saber que la pareja te cela, pero llegar a la violencia física o verbal es síntoma de que algo funciona muy mal dentro de una cabeza, y  no hablo del simple odio o miedo de tantos carajos que se la dan de machos y arrechos les tienen. De pequeños, mi señora madre nos enseñó el respeto hacia ella, y mi padre nos entregó a sus hijos la responsabilidad de cuidar, proteger y dar seguridad a nuestras mujeres, sean hermanas, futuras hijas, sobrinas y primas. Mis hermanos son tipos temperamentales, como yo mismo (mal genio, dicen muchos), pero jamás se les ocurriría levantar una mano contra sus mujeres… y creo que de atreverse, y saberlo mi madre y mis hermanas, los matan entre todas. Quien ataca, abusa o mata a una mujer, sintiéndose ‘hombre’ sólo en ese momento, es un pobre enfermo que va, como decía una canción de Ali Primera, un gran compositor venezolano, en contra de él mismo…

 

Salud, bellas…

 

Julio César.

TRINITARIAS

TRINITARIAS

   El corazón tiene sus razones…

 

   Sudoroso, jadeante y totalmente agotado, el hombre, joven todavía, cayó de espaldas sobre la cama, intentando controlar su ruidosa respiración. A su lado, de pie, la mujer lo miraba con velado interés mientras bate con una pequeña cuchara un tónico reconstituyente anaranjado, de feo aspecto, dentro de un vaso. El cuarto huele a transpiración, a calor, a uso. La mujer, no tan joven tampoco, se inclina en la cama, sonriéndole, tendiéndole el vaso, solícita.

   -¿No se te ha aliviado la diarrea? –le pregunta.

   El hombre no responde, se siente indispuesto y no es únicamente por el descontrol de sus entrañas, también se siente ligeramente mareado.

   -No… -y calla mirándola, encontrándola atenta, a su lado, aunque el cuarto olía a rancio, llevaba tres días en esa vaina. Pero el ‘noviazgo’ ya llevaba tres años, se dice siendo sincero, el compromiso comenzaba a apestar mucho más.- Elena, ¿te casas conmigo? –dejó escapar, sorprendiéndose mientras lo decía.

   -¿Qué? –compone ella una sonrisa circunspecta, dejando ver las finas arrugas alrededor de sus labios. Dios, debía sentirse realmente mal, pensó.- ¡Claro que si!

   -Bueno… -termina él, sintiéndose extrañamente asustado.

   ¿El amor era siempre así? Se habla de magia, de campanas, de terremotos, de luces que estallan, pero para la pareja perecía más bien la conclusión de un viejo negocio iniciado hace tiempo. A la mujer no le molesta, lo quiere… porque ya se hizo a la idea de que sería su marido, el compañero para siempre, el padre de sus hijos. Que estuviera algo afiebrado, frágil y vulnerable no le quitaba méritos al momento. Ella lo haría feliz, sería la mujer que él necesitaba para continuar en la vida. Viéndolo bien, era un compromiso sólido, ¿qué no había magia? Tal vez tras su rostro algo desencantado la mujer ocultaba a una fanática del amor. Posiblemente tras sus temores, el hombre escondía el alma de un romántico.

   “Qué porquería”, exclamó para sus adentros el joven de piel negra y cabellos muy cortos, frunciendo la boca, viéndose más bembón. ¿Quién creería que eso era una novela romántica? Si llegaba a enseñársela a alguien se reirían, no tanto de la diarrea, cosa que siempre parecía divertido, reconoce para sí, sino de sus pretensiones. Mortificado selecciona el borrar todo y de la pantalla de su ordenador desaparecen los ofensivos párrafos. Se pone de pie, es alto, delgado, con un aire elegante, como de pantera esbelta.

   Su pequeño apartamento parece tan agobiador como ese cuarto de amores con aroma a baño. Se dirige a la ventana que da a la calle, lanzándole una larga mirada a Caracas, el atardecer va cayendo. Dejaría toda esa tontería de la novela y saldría a tomar algo, tal vez con su pana Javier, para salvar la noche. Suspirando piensa en cuánto desea un cigarrillo, pero esa batalla si pensaba ganarla. Mira la computadora, disgustado otra vez, preguntándose cómo hacer para sonar sensible, delicado… amable. No eran atributos suyos. Pero tenía imaginación, carajo, debería ser capaz de escribir sobre el amor, aunque no supiera de él. Su pareja daba asco (¿y qué esperabas si se le declara con diarrea?, le parece oír la voz de una querida amiga), pero supone que debía haber cientos de millones de parejas formadas en bases más endebles.

   Pero, ¿era siempre así? ¿Realmente existía ese embrujo que enloquecía a las personas, que las hacía vivir toda clase se situaciones, de avatares con tal de estar juntos? ¿Existía eso en todas las vidas? Tal vez. Seguramente existía el hombre que pensaba en su amada sintiéndose afiebrado pero de ganas de verla, oírla, tocarla, pensando únicamente en la manera de hacerla más y más feliz, sin detenerse en pensar tanto en sus propias satisfacciones, porque sus necesidades quedaban cubiertas al verla sonreír de amor. Tal vez estaba ella, la mujer que un día enloquecía de tal manera por un hombre que con tal de seguirlo cruzaba pantanos oscuros, escalaba rocas filosas y nadaba entre tiburones. Imaginar amores poderosos, grandiosos, llenos de luces y sombras, animaba en el fondo a los millones y millones que se detenían por un momento ante una hermosa puesta de sol, no mirando los bellos y nostálgicos colores, sino imaginando una vida distinta, rica en sensaciones, en emociones, en sentimientos. Pero ¿existían esos amores?

…..

 

   A tres días del momento cuando la líder popular Irsia Roce, acompañando a la dirigencia de los estudiantes combativos (llamados despectivamente oficialistas) tomó la sede de la Nunciatura Apostólica, en protesta por los allanamientos en el 23 de Enero, en busca de los cómplices del carajo muerto a las puertas de La Cúpula Empresarial cuando colocaba un artefacto explosivo, todo parecía quedar dicho. El País daba vueltas y vueltas para terminar justamente en el mismo punto, nada se aprendió, nada se rectificó, la marcha hacia el desastre, el caos, el desgobierno parecía signar los tiempos. Mientras se intentaba forzar la mano con leyes ilegales, con medidas chapuceras, quienes debían vigilar se lanzaban a una nueva aventura electorera, convencidos como estaban que el rival a vencer no era un Gobierno que amenazaba con encadenar el país, sino el ‘colega’ opositor mejor ubicado; era a ese a quien debía destruirse. Era una feria de borrachos idiotas peleándose por una botella vacía entre eructos, vómitos  y meadas, pero todos con rostros muy serios, graves, como si de gente calificada se tratara.

   El país continuaba, de alguna manera, marchando. Calles y avenidas se llenaban de gentes y vehículos, de personas de rostros graves, risueños, molestos, preocupados que se cruzaban, se rozaban, se miraban furtiva o fugazmente, cada uno continuando su camino. Eran personas normales, gente de rostros llamativos, anodinos, interesantes, atractivos, vulgares o poco agraciados, gente común. Era difícil adivinar en sus semblantes los demonios que atormentaban a tantos, o las mieles de placeres que no costaban dinero o esfuerzos, esos que eran libros cerrados para tantos individuos.

   En una vivienda cualquiera estaba la mujer que miraba a su hijo consumirse con una rabia que entendía pero no compartía, presintiéndolo dominado también por una pena mayor, más grave, algo tan grande que no se confiaba a ella, quien cada noche antes de dormir pedía al Dios que le enseñaron a amar de niña por él y sus hermanos. O la hermosa joven, cuyo corazón se encontraba dividido, no entendiendo cómo le pasó eso, pero enfrentándolo con una extraña determinación que la llevaría a playas muy lejanas, viéndose obligada a enfrentar a toda la gente que ama. Y está el joven, el moderno Romeo, quien un día descubre que su mayor ilusión, su más grande afecto nace de quien más debe odiar, de la persona a la que debía despreciar, sintiéndose atormentado por ello.

   Pero ninguno de ellos podía hacer mucho por escapar a esas dudas, a esos temores, retos que estaban allí para probarlos. Eran prácticamente esclavos de lo que un día, quisieran o no, llegó a sus vidas cambiándolo todo, volviéndolo de cabeza. Quienes en verdad nunca han amado piensan que todo puede controlarse como quien evita comerse un pedazo de chocolate, porque aunque rico, puede ser peligroso por el azúcar o el peso, por lo tanto se le deja, se le abandona y se continúa. Pero eso no funcionaba para aquellos que sentían que sus vidas comenzaban y terminaban en una mirada ajena, en una sonrisa que despertaba alegría, ganas de gritar, de correr, de fundirse en un abrazo para sentirse sostenido, fundido. Amado. ¿Quién puede correr y escapar de su corazón?: únicamente un demente…

…..

  

   La tarde muere sobre Caracas, haciéndose ya casi de noche, el crepúsculos parecía caer temprano ahora. María Montes, cincuentona no muy alta, algo abultada en la línea del ecuador, que empeoraba por la costumbre de colgar el koala ahí, mira con aprensión la larga escalinata que debía descender para llegar a la plaza baja. Los escalones recreaban un enorme y amplio semi circulo, pero el espacio entre ellos era estrecho; una mala pisada y terminaría rodando hasta la Baralt, avenida por donde parecía circular todos los carros y autobuses del mundo. Se detiene un momento porque le parece ver una chispa de color en el gris paisaje de abajo, de vida, que se desliza con paso grácil. Una muchacha venía por la plaza baja y comenzaba a subir.

   Y no era que María Montes fuera fijándose por ahí en muchachas, pero esta era llamativa. Había en ella algo que era más que belleza, era… vitalidad. Era muy joven, lo notaba por los rasgos dulces y boniticos de su rostro, un algo como inocencia de niña que ya iría perdiendo pasado los veinti tantos. Era delgada, de busto llamativo, no grande pero vistoso, bien enfundado dentro de un suéter blanco que se amoldaba a su cuerpo. Sus piernas eran largas pero no flacas, como se notaba debajo del jeans rojo ajustado que usaba. Su cabello era negro, mucho, finito, corto, y sin embargo abundante y femenino. Lo que le confirma que era una belleza era lo que ocurría a su paso. Todos se volvían a mirarla. Los hombres la seguían, sus ojos bajaban a su trasero. A su paso,  si dos tipos hablan, callan, y uno le hace señas al otro para que la mirara. Y lo hacen los muchachos, los hombres, los ancianos. Al paso de la muchacha las cabezas se volvían deseosas de darle una buena mirada al parachoques. Algunos siseaban y le  decían cosas, pero la joven parecía no verlos, ni darse cuenta del efecto que produce. Debía ser lindo ser ella por un rato, se dice María Montes. Ella, aunque tuvo lo suyo (sus tetas marcaron su momento), jamás tuvo ese ángel, esa apariencia. Esa chica debía, forzosamente, ser muy feliz.

   “Qué mugre de vida, quisiera estar muerta”, pensaba para sus adentros Victoria Mendoza, Vicky para todo el mundo, la hermosa joven, mientas contempla la larga subida de escaleras. Vicky no está contenta con su vida, no podía estarlo. Tenía juventud, belleza, ángel, encanto, pero mas importante, inteligencia, determinación y salud, y sin embargo nada de eso le brindaba cosuelo en esos momentos. Era infeliz, terriblemente infeliz. Se muerde el labio inferir viéndose increíblemente bella en ese instante, casi logrando que un joven que viene bajando trotando pelara un escalón ante tanto encanto, y cayera. Él le sonríe pero ella no repara en él. No puede. Su mente está lejos, en las tierras del dolor. Y dejaba leves huellas en sus facciones.

   Su frente es despajada, totalmente lisa. Su rostro es delgado, de barbilla en punta, con un deje de firmeza. Sus pómulos redondos son altos, sus mejillas suaves, sin defectos. Su nariz es corta, algo levantada. Sus ojos marrones claros, eso que llamaban aguarapados, despiden luces a la mortecina luz que le daba de frente, cegándola un poco. Sus labios, enrojecidos de labial, son carnosos, pero no abundantes. Era, en síntesis, toda una monura de mujer, pero no era feliz.

   No se le ocurre hacer semejante comparación, pero su estado de ánimos debía ser el mismo que tuvo Eva una vez expulsada del Edén, donde todo era bonito, bueno y barato, para pasarla canijas con Adán, y eso antes de que pariera con tanto dolor. Vicky no cae en tal paralelismo pero lo intuye. Ella lo tuvo todo, tan sólo cinco noches atrás gritaba y creía morir de dicha en su camita, en brazos del amor. Ahora no tenía nada; ruborizándose, reconoce que se portó mal, fue una chica muy loca y traviesa, pero no lo hizo por maldad, sino porque estaba, eso, loca… Loca de amor, y eso la llevó a comportarse así, como una demente. En esos días, tan sólo cinco días atrás, pero especialmente las noches, sobre su pequeña cama, gritó, mordió, sudó y arañó mientras era poseída, atravesada por mil placenteras sensaciones que la hacían gemir una y otra vez, mientras era saciada y satisfecha cada una de esas ocasiones.

   Cada noche gritó de placer, de lujuria, pero también de amor. Coño, ella se había entregado con todo, ella no se había guardado nada, se entregó con pasión, de forma frontal, total y sin tapujos. ¡Se enamoró! Lo hizo todo, lo tocó, acarició, lamió y mordió todo. Hizo cosas que jamás les contaría a su madre y a su hermana que eran sus mejores amigas, no porque se arrepintiera, sino porque no sabría cómo contarlo sin parecer una obsesa, una maniática. Lo había tenido todo, había sido feliz, estaba en la cumbre, allí donde al elevar la mirada podía verse el Cielo de cerca… pero mentía. Y ella odiaba engañar, fingir, no pudo continuar aparentando que todo estaba bien. Quiso actuar correctamente y todo había estallado en su cara. Ahora se siente morir.

   Y el hombre que la sigue unos pasos más atrás, tal vez lo haga. Aquel hombre la odia al punto de desear matarla… porque una vez la había amado demasiado y ella había jugado con sus sentimientos, como si de un imbécil se tratara. La joven sube, el hombre tras ella lo hace también, y a cada paso en pos de la mujer que tanto quiso, siente que todo va a estallar, y que todo terminará mal.

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   Solitario en el patio de la casa paterna, Joaquín Garcés se ejercita, con un ritmo que parece suicida. En el estrecho lugar, semi techado, el joven levantó algo parecido al esqueleto de un jergón de cama, un rectángulo de listones metálicos de dos metros veinte de alto por metro y medio de ancho, asentado sobre una base en forma de ve invertida, que le brinda estabilidad. Joaquín tiene sus puños cerrados fieramente alrededor del tubo superior, alzando su cuerpo con la fuerza de sus brazos, con la presión de su cuerpo, doblando sus rodillas. Sube y baja mientras jadea y resopla como un fuete. Lleva casi cuarenta minutos en eso, pero no lo sabe, no lleva la cuenta de cuántas flexiones ha realizado, sabe que son bastante porque sufre, todo le duele, los músculos de brazos y tórax le arden, pero no se detiene. No puede. Debía continuar. Agotarse para no pensar. Castigarse.

   Es un joven que tiene mucho en su haber, comenzando por eso, por su juventud, unos veintitrés años de edad. Es alto, mucho, más que sus hermanos, delgado pero fibroso, de bíceps más o menos desarrollados, de brazos fuertes. Su torso se dibuja bien, algo velludo. Su cintura es estrecha, su cabello negro es grueso aunque liso, sus ojos son oscuros, marrones pero sin luces, su boca es algo rellena, de labios que podrían ser llamativos si no fuera porque generalmente estaban oprimidos en una delgada línea de disgusto, mostrando la furia que dominaba su alma. Su cuerpo pasa un examen, como lo sabe él por las  miradas que muchachas y mujeres, y uno que otro tipo por ahí, le han lanzado. No se cree bonitico como esos mariconcitos que participan en el Mister Puchungo, aunque de haberlo querido…

   Pero esas vainas no le interesaban a Joaquín, le gustaba sentirse bien, y verse mejor por él, era joven, es decir le gustaba gustar, que lo notaran, pero no más allá de un límite de exhibición. Eso le parecían exhibicionismos idiotas.  Y los tiempos no estaban como para andar con esas pendejadas. Como joven de clase media pobre que le había tocado ver el batallar de sus padres, amigos y vecinos, no era tolerante, ni con otros ni consigo mismo. Él sabía que pertenecía a la basta mayoría pobre de un país rico. A él le tocó ver morir a una hermanita de cinco años en un hospital donde no había anestesia, mientras los niños ricos compraban en dólares carros blindados para correr piques en la capital, sin importarles a quién se levaran por el medio. Suya era la rabia de la exclusión, de los sin nada, de ver temblar de hambre a una anciana en su rancho, y a otra comiendo perrarina, de ver a los niños competir con zamuros y perros en un botadero de basura por algo que era el desperdicio de otros. Suya era la rabia  de ver a otros, una minoría, entregarse con burla a vicios y excesos mientras una basta mayoría sufría.

   Él había nacido bajo la crisis, para él el Vienes Negro nada significaba, no podía saber que antes de ese día Venezuela parecía rica y sus ciudadanos estaban inmersos en una fiesta orgía de gastos. A él le tocó hacerse hombrecito cuando un presidente ladrón y felón, Carlos Andrés Pérez, que había endeudado y robado anteriormente a la República, llegaba nuevamente al poder, prometiendo repetir el festín de Baltasar, ilusionando a los crédulos. Él supo de la traición, del paquete; de las medidas económicas duras tenientes a conseguir nuevos créditos internacionales para que la reducida camarilla continuara viviendo bien. Él escuchó los cuentos de gente que enloqueció literalmente cando de la noche a la mañana se encontraron con que eran embargados sus apartamentos, carros y cuentas por intereses de mora, liberados alegremente por gente que tenía plata y a la que nada de eso afectaba o importaba; qué se jodieran todos esos idiotas, era lo que decían.

   Escuchó, y sintió como un dolor propio, las historias sobre el Caracazo, que en verdad había comenzado en la vecina población de Guarenas, un veintisiete de febrero del ochenta y nueve, cuando una mujer con dos niños que iban al colegio fue insultada y vergajeada por un chofer de autobús en el terminal, porque no tenía para cubrir el nuevo aumento del pasaje. Aquel tipo no explicó que él era otro ciudadano víctima de planes económicos que no entendía ni fue consultado, simplemente la mandó a lavarse ese rabo, y llena de rabia (le contaron más tarde, y se preguntó cuánto de eso no sería invento y leyenda ya), esa mujer había abrazado a sus muchachos y preguntó a gritos que qué pasaba, si era que en Guarenas y no quedaban hombres con bolas que defendieran a una mujer.

   Y la defendieron. Esa madruga, en Guarenas, de los gritos y empujones se pasó a los golpes, a destruir e incendiar unidades de transporte, y esa rabia pareció explotar rebasando al pueblo. La gente salió a las calles de Guarenas a saquear, quemar y destruir. Pronto todo el país estuvo envuelto en desordenes, el amor a Carlos Andrés había terminado. La Guardia Nacional salió a reprimir a los alzados. Se habló de cantidades increíbles de caídos, de muertos, desaparecidos, y de las fosas comunes. El orden se restableció pero la república se habría resquebrajado, un grupo supo de la salvaje represión contra un pueblo que debía someterse a privaciones mientras una pequeña elite política vivía sin vergüenza, exhibiendo groseramente lo robado frente a una poblada famélica, y una clase empresarial que sacaba sus ganancias de este suelo para tierra más serias, ‘más civilizadas’, decían al poner a buen resguardo el botín extraído del campamento minero donde nacieron y explotaron sin piedad, como solía decir el periodista Rafael Poletto.

   Para un grupito era lo bueno, incluso la protección de las armas de la república, del soldado vuelto contra el pueblo para protegerlos, para una inmensa mayoría era la cola desesperante en una parada de jeeps donde aguardaban para subir a uno de los incontables cerros llenos de hacinamiento, marginalidad y en manos de delincuentes, a pasar una noche en zozobra oyendo disparos, rogándole a Dios no tener que necesitar salir esa noche por alguna emergencia médica, porque era aguantar hasta el otro día o arriesgarse a morir en las sombras de un callejón.

   Un grupo lo tenía todo, una inmensa mayoría, nada. Eso lo aprendió pronto el joven Joaquín Garcés, y contra eso levantó su voz de protesta, prestó su cuerpo, su corazón; por ello daría su sangre y su vida. Era su credo, la razón de su existencia. Su odio. Y sin embargo, dejándose caer con un gemido largo, lleva rato castigándose, con cada músculo doliéndole, nada de eso ocupa su mente en estos momentos. Medio inclinado, enderezarse le duele, igual que bajar totalmente los brazos, se deja caer en el banco de cemento donde su madre separa las ropas de colores para su lavado. Brilla de un sudor cálido y oleoso que le quema un ojo, su boca casi resuella. No piensa en sus enemigos, ni en su tarea, su misión… Lo que lo tiene mal, aquello que lo lastima es recordar un dulce rostro al que desea ver por encima de todas las cosas, unos ojos que siempre lo miraban con impaciencia, casi acusándolo de algo (Joaquín había llegado a preguntarse qué había hecho en esta vida para que esos ojitos lo miraran así, con tanto rencor a veces), en una boca que no se cansaba de besar cuando estaban juntos, a la que ha cubierto infinidad de veces, sintiéndose derretido por dentro al hundir su lengua, saboreando de forma codiciosa, mientras endurece todo por fuera, apretándose contra ese cuerpo con el que ya soñaba por las noches.

   Cierra los ojos sintiéndose morir, presa de una rabia infinita, no, más que eso, pesadumbre… porque aquella hermosa locura que le hace arder la sangre y las carnes, había terminado bruscamente, en medio de miradas de odio. No, tiene que reconocer con un infinito pesar, sintiéndose arrecho consigo mismo, no era odio lo último que brilló en su mirada. Bota aire, se endereza, le molesta sentirse así, impotente, maniatado, frágil; esa vaina no le gusta porque lo debilitaba, a él que era fuerte como un caballo, para halar y acarrear gente, y enfrentar a sus enemigos. Mira sus manos, eran grades y fuertes, las cierra y repara en sus nudillos, la mano derecha muestra claras señales de raspaduras. ¿Cómo pudo gritarle todo eso? ¿Cómo pudo mirarlo con tanto odio y gritarle que no era más que una maldita basura? Se estremece, aún ahora, al recordar todas esas palabras que lo lastimaron saliendo de esa boca que tanto le gustaba. Lo había visto todo rojo y levantó su mano con odio, con furia. Todo degeneró y golpeó y golpeó, sitiándose bien en ese momento, dejando salir lo que era, un hombre, coño, un macho que no podía ser ofendido así. Le hizo sentir bien derribar y hacer sangrar. Fue cuando ocurrió.

   Cuando golpeó vio la sorpresa brillar en esos ojos, luego la rabia y las ganas de defenderse, pero con los nuevos puñetazos encontró odio… y finalmente miedo. El miedo brilló en esos ojos. ¡Le tuvo miedo! Y eso le provoca un estremecimiento de dolor, ¿cómo pudo imaginar que…? Dios, él jamás le haría daño, ¿acaso no lo entendía? ¿No sabía lo que sentía? Se dejó llevar por su mal genio, por su rabia, por el rencor de oírle decir todas esas vainas (“Eres una maldita basura”, todavía escuchaba las palabras flotar en el aire). Lanzando un furioso maldita sea se pasa los dedos por el corto cabello algo alzado por naturaleza. Siente que quiere morirse, gritar, emprenderla a patadas contra el banco para dejar salir ese dolor, esa frustración que ni casi una hora de atormentarse con flexiones ha logrado curar. Abre los ojos y jadea, sintiéndose infinitamente triste.

   -Maldita basurita, ¿por qué me tratas así? ¿No sabes que me gustas, que me gustas mucho? ¿Por qué me lastimas de esta manera, Adrián? –susurra plañidero, y decir el nombre del otro lo llena de una cálida oleada de rabiosa ternura, de insatisfecha ira, como lo era todo en su vida.

   -¿Joaquín, mijo…? -escucha la queda voz.

   La sorpresa casi lo hace saltar y gemir, levantando los ojos y enfrentando la mirada inquieta de su madre. El corazón del joven palpita salvajemente; su vida, esa vida que ocultaba del sol, del cielo, de la vista de todos, era su secreto. ¿Lo habrá escuchado su mamá llamarlo?

…..

 

   Vicky llega a lo alto de las escalinatas, indiferente a la gente a su alrededor, pero diciéndose íntimamente que ningún cardiaco podría subir por ahí. ¿Quién proyectaba plazas así? De reojo repara en la estatua ecuestre de Simón Bolívar, y no puede evitar una melancólica sonrisa recordando a un buen amigo hablando del prócer:

   -Simón Bolívar demuestra que los muertos no salen un carajo, si no ya habría estrangulado al maricón ese que no se cansa de cagarse en su memoria.

   Palabras textuales. Su sonrisa, trémula, muy tristona, se ensancha un poco, era increíble que un ex profesor de bachillerato hablara siempre así sin medirse de en dónde lo hacía o qué decía. Aunque siempre había oído que la gente más lenguaraz eran precisamente los maestros, seguramente una de esa ligerezas que todo el mundo repetía. Tan distraída va pensando en ello que cuando la figura sale de detrás del pedestal, encarándola, casi chocan. La joven deja escapar un leve gemido ahogado, de profunda sorpresa, pero había más, como dolor.

   Frente a ella se encuentra un tipo joven, tal vez de unos veinticinco años de edad, no muy alto a decir verdad, sacándole únicamente una cabeza a la joven. Es de rostro delgado, de barbilla cuadrada, piel blanca algo amarillenta, ese tono cobrizo que tiene en este país aún el hijo del más europeo. Su cabello es increíblemente negro, como sus ojos no muy grandes, y lo lleva echado hacia atrás a fuerza de gelatina. Su frente parece despejada, algo ancha, la nariz es recta. Y en conjunto, se ve bien, porque una fuerza interna, nerviosa y vital, parece hervir en su interior. En sus ojos era posible mirar hacia una habitación llena de vida, que también podía cerrarse. En esos momentos parecían arder, allí, de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón, uno azul oscuro como el saco que le da un aire de empleado bancario incluso por la corbata, que parecen baratones. En esa mirada había dolor, pero también resentimiento y ella lo entendió con un estremecimiento de profundo pesar. Cuánto podían lastimar aquellos a los que se amaba. De las pocas cosas o personas que podían herirla horriblemente, aquel joven era uno.

   -Hola, Victoria. –dice él, con una voz baja y controlada que luchaba por salir de su boca. Ella lo mira alarmada, dando un paso atrás.

   -Armando… -susurra, casi sonriendo, con los ojos empañados; dolida por la rabia y acusación que lee en esos ojos, pero contenta de verlo, de tenerlo ahí y mirar su carita de hombre enamorado a pesar de todo. Con medio paso más, atrás, choca de alguien. Se vuelve y ahora si deja salir un chillido casi involuntario.

   -Hola, nena…

   La joven con ojos muy abiertos mira a la persona que subió detrás de ella por las escaleras. Es un mocetón casi de la edad del  otro, terminándose allí todo parecido. Este era alto, fornido, cargado de hombros, bíceps y muslos. Su cabello es claroso, tipo bachacón. Sus ojos son amarillentos, y la mortecina luz de la tarde parece hacerlos luminosos y abiertos. Y era más abierto. Él estaba molesto, odiaba estar allí y eso se leía fácilmente, sin dobleces, sin matices profundos. Un viejo y desgastado jeans, casi obscenamente ajustado sobre caderas y nalgas, así como la franelita roja y una chaqueta que ni de lejos, y en lo oscuro, podría confundirse con cuero, denuncian una posición algo más precaria. Es un tipo que resulta increíblemente llamativo para el sexo femenino, hay algo armonioso en su rostro, en su manera de hablar y de reír, aunque sólo dijera imbecilidades (como pensaba el otro con rencor y algo de envidia). Su cuerpo parece haber sido hecho a propósito para atraer miradas sobre sí.

   -Enrique… -jadea ella, desfallecida, con su pecho agitado, subiendo y bajando rápidamente, casi con esfuerzo. La joven sabe que enfrenta un delicado momento en su vida, algo que puede resultar definitivo; se le dijo que así sería pero ni así lo creyó del todo.- Enrique… -repite ella mirándolo cálida, llena de amor, de dudas, sufriendo; y repara en que él responde, como aflojándose un poco, como mirándola con menos rabia, era eso lo que brillaba en sus ojos. El buen Enrique… piensa con amor la fémina.

   -Vicky…

   -¿Qué haces aquí? –se controla la joven, mirándolo fijamente antes de volverse y encarar a Armando.- ¿Qué hacen aquí… juntos?

   -¿Hay algo malo en que nos encontremos, Victoria? Pensé que eso era lo que deseabas, ¿no? –replica este tragando saliva, mirándola de forma atormentada, furioso. Es vergüenza, humillación y dolor lo que arde en su alma, se siente… traicionado, traicionado por ella, su chica, la mujer a la que ha llegado a amar tanto sin darse cuenta de cuándo sucedió. ¡Ella lo había traicionado con ese tipo!

  -Armando, por favor… -la joven no le ruega que se modere, no le pide que no le hable así; ella desea que deje ese pesar, ese dolor que parece quemarlo porque sabe que eso lo hace infeliz, y que sufre, y eso la lastima más que cualquier cosa que pueda decir.- No me gusta verte así…

   -¿Y cómo se supone que debo estar cuando me entero que la mujer a la que quiero no sólo ha estado engañándome, que un día me sale con el cuento de que ama a otro sujeto, un gorilita que…?

   -Ten cuidado con tu boca, pana, o te la borro frotándote esa fea carota contra el piso. –gruñe Enrique, belicoso, viéndose peligroso, alzando una mano.- ¡Y no le hables así a mi novia! –casi gruñe. Armando lo mira furioso.

   -¿Es que acaso no has entendido todavía lo que pasa? ¿Lo que quiere Vicky? –se desespera al ver al otro como extraviado. Clava sus ojos furiosos en ella, que se revuelve inquieta, bajando la mirada.- ¿Cómo puedo aceptar que la mujer a la que quiero, ama también a otro hombre, y que acepte que tú quieres que yo te comparta con él? –casi grita en el colmo de las desesperaciones. Ella bota aire, levanta la mirada y lo encara, hermosa, decidida, pequeña pero fuerte.

   -Me han estado compartiendo durante semanas…

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

LO HICISTE BIEN, PAPI

LO  HICISTE  BIEN,  PAPI

   Hace tiempo leí que el fútbol era uno de los últimos bastiones del machismo, ¿qué piensan? Seguramente es así y esto no es más que una simple caricia de emoción, o de ruda ternura (¿acaso un hombre no puede sentirla? Me refiero a la ternura, no la lengua, ¿eh?). No es como si uno le susurrara al otro: ahora no, espera a las duchas.

 

Julio César.